Lugares Comunes nace de un espejo de agua, nace de uno que le dice al otro algo que ya los dos habían pensado, algo que sólo tenía que atravesar la frontera de los labios. Hace un año y medio que se comenzó a revolver la idea, hace menos de uno que pudimos por fin concretar su publicación. Fuimos dos los que iniciamos calando lo que podría ser Lugares Comunes, después nos sumamos con quienes por fin pudimos dar a luz el proyecto. Hoy nos ha faltado uno.
1984-2008. Frederik Hildel Buendía, A.K.A. Fritz. Andamos buscando las palabras precisas para poder contar lo que pasó, hemos intentado escribir algo que pueda darnos a entender, algo que nos exprese de manera correcta. Hay muchas formas de contar lo que ha sido para Lugares Comunes y, simultáneamente, para los integrantes de este proyecto el año en curso desde su comienzo; probablemente lo único que lo pueda describir es lo más crudo: Fritz falleció.
No será necesario que hagamos una descripción de lo que significa la impertinencia de una pérdida tan abrupta y sin anuncio, tan fuera de lugar, tan inenarrable para quien comulgó una familia sin Registro Civil con él, de esas familias que se hacen en la cotidianidad, de esos familiares que se eligen. Tampoco es necesario que contemos cómo a Lugares Comunes se le paró un hemisferio cerebral y con él otros 23 órganos vitales, cómo tambaleó su existencia. No necesito decir que no hay lugar dónde esconderse.
Si esta revista electrónica sigue viva es nada más porque hubiera sido una falta de respeto para Fritz no continuar con ella. Sé que a él ya esto no le importa, no hubiera tenido forma de ofenderse si no se hubiese conseguido mantener a flote el proyecto, pero sí lo hubieran percibido todos aquellos que lo mantienen presente, en dónde, a partir de su ausencia, se hace él presente. Fue más de uno el que se extrañó de que la mutilada junta editorial de Lugares Comunes decidiera cambiar el tema previsto para este cuarto número por el de Muerte. Si lo hemos decidido así fue porque esta es la plaza pública que nos creamos para compartirnos con todos los que en ella actúan, los que publican y los que leen; si así lo hicimos fue porque algo se ha fracturado y de la grieta ha emergido una sustancia de realidad inefable, algo a lo que no hemos podido ponerle nombre, algo que no podemos aprehender, algo que no podemos narrar. Escribir aquí sobre la muerte es una forma de terapia que con palabras acaricia el quebranto, aunque nunca lo llegue a sanar. A la muerte de alguien uno nunca se acostumbrará.
Este número podrá considerársele un homenaje si se quiere, pero es mucho más que ello, es una forma de continuar trabajando con él. Es el primero que hacemos en su presencia ausente, en su ausencia presente, por lo tanto estará manco, será el número de una revista diferente, una revista que no puede negar la falta que le hace su integrante extraviado. Sin embargo es su revista, es nuestra revista, es nuestra hermandad y nuestra historia continuada con él, aunque hoy haya faltado a la reunión de las tres. No es el funeral, no fue el ataúd, no fueron las flores ni fue la llamada que nos avisó. Es la cotidianidad, las noches y los oídos perdidos, los que hacen llorar, los que hacen temblar.
Este número y nuestra permanencia en este proyecto está dedicado a María, a Roland, a Rox, a Kiana. Está dedicado a Alejandra, a Fede, a Pablo, a Mariana, a Isaac, a Juan Pablo, a Anita, a Renato, a Andrea, a Juan, a Marcela, a Mónica, a Ana. Está dedicada a todos aquellos que supieron de él, que estuvieron con él en vida, más que en muerte. Está dedicado a los profesores y amigos Javier Rico, Alberto, Rodrigo Paez, Ricardo, Alberto Constante, Rosa Camelo. Está dedicado a toda su familia. Está dedicado a Abril, Victoria, Idalia, Ome, Drake, Erik, Tania, Mario, Diego, Alfarito, Lutz, Denni. Han sido sorprendentes las colaboraciones de este número, sobre todo aquellas que cuentan la muerte cercana y los casos frescos más tristes. A todos ellos, a todos los que hayan escrito, a todos los que lean este número, a todos los que llamaron, a los que no, a los que atendieron nuestra llamada, a los que colgaron, a los que estuvieron, a los que decidieron partir. Nuestra muerte es de ustedes, ustedes están aquí.