OAXACA TAMBIÉN ESTÁ (BA) EN HUAUTLA Juan Aurelio Fernández Meza El mundo se fractura, entonces podemos empezar a escribir. He dejado los tapujos de lado, el dolor hace creer
que lo que se escribe es bueno, o por lo menos se justifica su publicación (realización) justamente porque es
escritura de duelo. Casi todo vale. Esto no es una investigación, mucho menos académica, es un recuento de
ocurridos y de sus propietarios los recuerdos. Culpabilidad. Siempre tiene que haber un culpable, es lo mejor. Y si no es lo mejor, por lo menos es lo más
recomendable. El culpar es, siempre y cuando no se lleve a extremos indeseables y contraproducentes, la terapia
inmediata más conveniente en la aparición de la fractura, del trauma. No pretendo posibles debates con
psicoanalistas, sólo quiero decir que algo se tiene que romper con las manos si algo se rompió en las vísceras.
Lágrimas. Las lágrimas son el desbordamiento de lo que más pesa adentro. Las lágrimas son la sonoridad de la
complejidad en estridencias y en melodías, son la prueba de lo que más espacio ocupa en nuestro adentro, en la
intimidad, de lo que más perdura, de lo que más vive y para lo que vivimos.
Comida. Sólo dos segundos hacen falta para no llegar a comer a casa. El auto es amarillo, la ciudad una de esas en las que las planeaciones urbanísticas están en función de cuánto del presupuesto conferido requiera la cartera personal de la alcaldía, la carpeta asfáltica es más delgada que el espectacular donde se presumen los alcances del gobierno –Juntos avanzamos–, el agua subterránea ondula el camino. Son las 14:35, justo cinco minutos después de la hora prometida de llegada a comer con su mujer y sus dos hijas, once y ocho años. Sol, tráfico, música, llamada telefónica, curva. Ciento sesenta kilómetros por hora indica el informe del perito. Un ligero movimiento del volante, un problema del asfalto, una ausencia de peralte, algún otro coche que se cerró, un destello de luz sobre el medallón de enfrente, dos segundos de distracción. En esos dos segundos cabe todo lo que hizo antes de morir, todo lo que dejó de hacer. Caben sus hijas, su mujer, sus todos los demás. En esos dos segundos están todos los días que ya no serán, los posibles aniquilados, está la ausencia, está la muerte. En esos dos segundos caben todos los reproches que sus allegados le harán, está la eterna queja hacia la irresponsabilidad, hacia la elección, hacia no atender esos dos segundos. Libertad/Elección. Vengo de una litúrgica y social tradición de combate para alcanzar la libertad, libertad del humano. Creo que la palabra nos queda grande. Si transportásemos la esencia de eso por lo que durante siglos han luchado tantos Hombres oprimidos a un plano que podríamos definir pobremente como “filosófico”, la concepción sobre este tema, la libertad, cambiaría de manera significativa. Sin embargo deben de tocarse estos dos planos, el “filosófico” no debe de alejarse de ese otro que, también someramente, llamaremos “sociopolítico” (obviamente histórico). No es necesariamente filosófico que yo diga que la Libertad nos ha quedado grande, sólo quiero hacer un apunte que irremediablemente se relaciona con esa tradición al inicio mencionada, por lo tanto quiero ser cuidadoso. Ahí mismo tenemos una posible forma de explicación: Libertad y libertad. No estoy seguro de que sea la mejor, pero la tomaré como ejemplo –mera pedagogía– para intentar darme a entender: La Libertad nos ha quedado enorme; a penas si podemos elegir. Únicamente dos segundos bastaron para que el de arriba feneciera, dos segundos donde no vio todo lo que podía meter en esos dos segundos. La vida dura dos segundos; la muerte, por lo tanto, llega en dos segundos. ¿Qué es, pues, la Libertad?, ¿acaso esa pequeñez humana, esa nimiedad individual? Contémonos, hagamos un censo de todo lo que se enreda entre tiempo y espacio, todos nosotros mezclados, todo lo que influye, todos los elementos que constituyen un contexto, cuántos somos liados en un mismo cronotopo, ese donde el de arriba ha muerto en su auto, cada uno de nosotros decidiendo, eligiendo, y nuestra elección que se mezcla con la del de junto, y con la del otro de junto, y así potenciadamente. En toda esa maraña de ‘mundo’, que yo definiría como azar (todas las variables que le afectan al individuo y sobre las que no tiene capacidad de elegir), ¿en realidad nos creemos Libres? A penas alcanzamos a elegir, blanco o negro, terraza o al interior, limón o sandía, voy o me quedo, y muchas veces ni siquiera lo hacemos “concientemente” (concepto sumamente espinoso), como el de arriba, que jamás atendió la velocidad a la que iba y la curva que daba, que su intención no era dejarlas, sino ir a verlas. La Libertad nos ha quedado grande. No tengo realmente una definición para libertad, no tengo una sustancial comparación que hacer. La dejo así nada más para respetar todo eso por lo que alguna vez todos luchamos en el pasado, en el presente. Tal vez sí, por el contrario, tendríamos que empezar a pelear no por nuestra Libertad, sino por nuestra posibilidad a elegir. Tal vez estoy equivocado y fue esto último por lo que siempre luchamos. Duelo. No podemos negar la permanente necedad de respetar la muerte, no negamos las más oscuras negaciones de nosotros mismos al cedernos al de enfrente que llora, autorizándonos sumisión para con él, dejarnos para que se sienta mejor. ¿Será acaso la maldita costumbre humana del miedo, será que respetamos la ocasión de luto no porque nos duela el que se lamenta –obviamente me refiero al pésame que se le da a alguien no íntimamente cercano–, sino más bien porque la cercanía con la muerte nos aterra? ¿Realmente nos afecta el sufrimiento o más bien nos duele profundamente el acercamiento con el fin? Más de nosotros. Deducción 2. Necesitamos la muerte, necesitamos lo que más evitamos. La necesitan los hospitales que el azar y las decisiones abarrotan, la necesitan los herederos, los hijos con traumas que enterrar, la necesita el Estado, la necesita las instituciones de la resurrección, las aseguradoras, la funerarias, los cementerios, los asilosi; somos demasiados y no cabemos ya, por eso inventaron el SIDA y la pobreza (o la riqueza). Cuántos años hubiera soportado doña Isabelita a su esposo, enterrado en vida bajo sus cobijas y con la garganta abierta, dándole de comer por una sonda, esperando a que el enfisema le reste palabras para las visitas que fingen“normalidad”, que procuran esperanza. ¿Esperanza?, ¿para quién?, ¿para el que queda encerrado cuando los demás tiene que seguir con su día, seguir caminando –privilegio de los que no se quedan en la suite sepultura con vista al jardín y televisión por cable? Por favor, que alguien llegue y le dé un cóctel de tranquilidad, alguien que se atreva a romper con una ficción que no da más. Necesitamos la muerte, está ahí para nosotros, a nuestra merced, estamos a merced de ella. No recibe órdenes, no es, lamentablemente, una belleza que besa con la más cálida frialdad, lamentablemente es nada más y nada menos que nosotros, uno mismo en su propia vida, con sus elecciones, con su hacer y su dejar de hacer, con sus manos. Por supuesto que la muerte nos es necesaria, por supuesto que la(s) Iglesia(s), el Estado, las funerarias y los hospitales necesitan de ella, si fueron todos estructurados a partir de una primaria “naturaleza” de la humanidad, a saber, la muerte misma, ¿o habría que decir la vida misma? Apunte sobre una novela de Piglia. La lectura y las películas son, sin duda, formas de escapatoria al dolor que produce la muerte, por lo menos paliativos. Pero también todo lo que vemos o leemos, escuchamos, nos regresa al único tema que nos concierne de manera imperativa en ese periodo de duelo. Así, casi nunca nos escapamos. Estoy leyendo Prisión perpetua de Ricardo Piglia: “En el vacío de ese tiempo sin futuro sólo se puede pensar. El pensamiento podría desarrollarse totalmente en el silencio, pensaba antes. Un pensamiento silencioso puede desarrollarse hasta el infinito. Ahora piensa que no hay pensamiento sin lenguaje. Piensa que todos los pensamientos pueden utilizarse para la aniquilación de la propia existencia. Una y otra vez volvía a pensar que desde hacía tiempo estaba muerto.”ii Los subrayados corresponden a los hechos por mi lápiz sobre el libro. Justo en el segundo de ellos, no hay pensamiento sin lenguaje, dibujo una flecha que encausa, aludiendo más bien al tercer subrayado, el apunte que hago perpendicular a las letras impresas, donde escribo: Pensamiento y conocimiento como atentado contra la existencia, pero no como negación de la misma. La existencia tiene que incluir su negación, la mayor posibilidad del dasein es la muerte. Supongo que estoy empecinado a reconocer en todos los lugares donde me doy eso que me atormenta, que me impone. Sí, tengo un muerto atrás, una muerte cercana. Sí, es en lo que pienso, la ausencia se replica en todas las presencias posibles, la ausencia es su presencia. Supongo que oí hablar de Heidegger, supongo que estoy de acuerdo. Doña Isabelita. El esposo de doña Isabelita empezó a fumar a los dieciséis años, justo el momento en el que salió de España para ser cooptado por el ejército francés en su guerra mundial contra Alemania. Él era el ingeniero, se dedicaba a inventar, generalmente cualquier tipo de cosa, pero en esa circunstancia hacía sobre todo mejoras técnicas para las armas. El frío, en algún lugar de Europa, asesinaba. Él eligió fumar. Alguna vez lo conocí. Estaba tirado ya sobre su cama, muerto de no morirse, con la garganta abierta por donde salía una sonda que, cada vez que doña Isabelita no veía, algún yerno llenaba con whisky. Me contó cómo se tiraban al suelo cada vez que una bomba les era tirada desde un avión, de tal suerte que las esquirlas que de la explosión resultaban no les tocaban el cuerpo pues salían siempre en una dirección diagonal hacia arriba desde el suelo. Nada de eso lo escuché de su voz en realidad, sino de la interpretación simultánea que su mujer, doña Isabelita, hacía de los sonidos guturales y los ademanes provenientes de ese recuerdo de titánico hombre que yacía sobre la cama. Libró la guerra, claro está. Libró el viaje hasta México (varias semanas). Libró el nazismo, el fascismo y sobre todo el franquismo. No libró el tabaquismo. Tuvo seis hijos, de los cuales le resultaron tres monjas republicanas, una viajera y dos galanes de telenovela. Todos ellos, junto con doña Isabelita, se quejaron siempre de que fumara, incluso después de su muerte; mucho más después de su muerte. Él jamás dejó de fumar. Nunca entendí muy bien por qué no lo hizo, sobre todo ya terminada la guerra. Histoire du non-dit. El nunca más (apodo del tiempo) alumbra con su asfixia todas las cosas que no fueron dichas, subraya con bioluminiscencia las palabras que se guardaron en la boca y que hoy en día tienen más que nunca el nombre de su destinatario (muerto). En el duelo todo lo nunca dicho se trasforma en flagelo que duplica el sufrimiento, como si la vida (del muerto y con el muerto) fuera lo que no fue y no lo que fue. Política de lo correcto/incorrecto. Hay muertes bien vistas y otras mal vistas, es decir, el evento –y sus causas– en el que una persona muere será significado por aquellos que vivan, de una u otra forma, la muerte y enjuiciado conforme a un aparato específico de lógicas morales. Ejemplos: · Está mal visto morir en manos de un volante alcohólico durante un festín de irresponsabilidad. · Está bien visto, se lamenta, que un joven muera en manos de un ejército enemigo mientras defendía su patria. Generalmente en estos casos, el que fenece se convierte incluso en referencia moral de un grupo social específico, es decir, se transforma en héroe. · Es políticamente incorrecto que un joven muera por mano propia como resultado de una inestabilidad “mental”. La gente en estos casos suele recriminarle al muerto {...} no haber pensado en quienes le llorarían, sobre todo sus padres, es decir, le reclaman no ser justo ni consecuente con quienes le quieren y, sobre todo, con quienes le dieron La vida. · Está bien visto, nos da mucha pena, que alguien muera en manos de una enfermedad letal, como puede serlo el cáncer de vesícula, VIH, tétanos, o alguna otra de esas cosas infalibles. No se piense que al existir las muertes mal vistas haya quien deje de decir Ay, qué bueno era, eso es algo que permanece constante, un lamento que no se deja se sentir, un respeto invaluable por la muerte. Sin embargo, eso no quita que cuando no se está frente a los dolientes, el que no se ve tan afectado por el acaecido puede juzgar y definir qué es morir “dignamente” y qué es reprobable. Hay niveles de interiorización de la muerte, generalmente (no siempre) en función de la cercanía que se tuviera con el que murió. También de manera nivelada se dan los juicios y ponderaciones con respecto al deceso, unas más graves y/o gravosas que otras. Pésame. A mi hermano y a mí se nos ha muerto nuestro hermano. No podemos negar que en este momento somos los objetos de la amnistía, los desafortunados con todas las ventajas. Es justo ahora el momento de aprovecharse, podemos tirarnos a todas las amigas de nuestras amigas, con quienes también ya hemos estado, y salir ilesos, es el momento de pedir favores, es ahora que podemos conseguir trabajo, Su hermano acaba de morir, diría una voz melancólica justificándonos, es justo ahora que tenemos que reclamar los libros prestados, sólo hace falta llorar. Somos en este momento los viudos, los dolidos, los que no tienen idea de cómo salir del sufrimiento, por lo tanto los que más favores pueden pedir. Ya luego vendrá la calma, no dentro de mucho la gente comenzará a no llamarnos diariamente, las flores no tocarán más la puerta –afortunadamente ya nadie envía tarjetas, de esas uno no se puede deshacer, en cambio para el problema de la permanencia de las flores y su olor siempre nos queda la descomposición (lo marchito), pero los papeles y los objetos “imperecederos” (más duraderos) se quedan autoritariamente alrededor estirando los brazos del dolor mnemónicamente. La calma traerá la risa, no únicamente la reconfortante, sino también la de la burla, la del “humor negro”, y así el muerto se entierra más, la gente que nunca lo sintió demasiado irá velando el cadáver con la levedad de las bromas políticamente (ya) correctas; posteriormente el aburrimiento del tema, su falta de actualidad, lo hará morir más. No dudemos que incluso llegará quien diga algo más bien exaltado y otro más se lo responda con unos nudillos en su nariz, sobre todo si para ese otro el duelo era mayor. Pero ahora es el justo momento para vengarse de esa gente que posteriormente se olvidará de que nos duele, antes que dejen de mandarnos flores será mejor que les pidamos más. (Finales de enero/08) Ira. También llamada enojo, actúa tal cual lo hace la culpa anteriormente descrita. Hay que dejarla fluir. Emiliano. Le diagnosticaron que no llegaría más allá de los quince años. Cuando era pequeño a alguien le causó mucha curiosidad que caminase de puntitas. No sé bien cómo se llama su enfermedad, algo que le provocaba que sus músculos no crecieran mientras los huesos sí. Desde temprana edad estuvo en una silla de ruedas, pronto conectado a un aparato que le hacía respirar. Tiene 28 años. Hoy murió. Terminó una carrera en la Facultad de Filosofía y Letras. Estudió cine en Nueva York. Un sujeto sin duda muy inteligente. Hoy murió, más de diez años después de lo diagnosticado. Año de la rata. Anuncio de destrucción. Ludwig escribió sobre un muro de mi casa justo antes de desaparecer
El crepúsculo de la desaparición lo baña todo con la magia de la nostalgia; todo, incluida la guillotina*. No
estoy seguro a dónde fue, lo he intentado encontrar pero no aparece. Cada vez que tocan a la puerta pienso que
será él, excusándose con alguna tontería como que había mucho tráfico o que tuvo que llevar a su madre al
trabajo. Me urge encontrarlo, tengo que decirle que este año ha estado lleno de desastres, que estoy enfermo, que
lo andan buscando. Él y yo nacimos en 1984, año en que murió Michel Foucault, Julio Cortázar, Truman Capote,
cuando publicaron La insoportable levedad del ser*, presentación de “Like a virgin” de Madonna, primer
Pichichi para Sánchez, Soda Stereo presenta su disco homónimo, introducción de la primera Apple Macintosh, y
muchos otros lugares comunes que nos hacían cercanos. Supe que el último lugar a donde fue Ludwig fue
Huautla, justo cuando yo andaba por Oaxaca. juanaurelio@lugarescomunes.com.mx (...) Lugares Comunes |