OAXACA TAMBIÉN ESTÁ (BA) EN HUAUTLA
Desorden escriturístico sobre la muerte o lo que supongo de ella.

                                            Juan Aurelio Fernández Meza
Facultad de Filosofía y Letras, UNAM/Lugares Comunes

El mundo se fractura, entonces podemos empezar a escribir. He dejado los tapujos de lado, el dolor hace creer que lo que se escribe es bueno, o por lo menos se justifica su publicación (realización) justamente porque es escritura de duelo. Casi todo vale. Esto no es una investigación, mucho menos académica, es un recuento de ocurridos y de sus propietarios los recuerdos.

Muerto. Nadie se acuerda de él antes de morir, o por lo menos son muy pocos los que sí en este funeral, la mayor parte de los presentes se acuerdan de él muerto, del muerto. Sin embargo, como ningún muerto se escapa de tener un vivo en las espaldas, con respecto al cadáver sólo se dice, Ay, qué bueno era. La primera y única conclusión de este texto será: los muertos son de los vivos. Al mismo tiempo, ese precepto es el eje a partir del que se ha organizado todo el desorden a continuación presentado.

Deducción 1. Si los muertos son de los vivos, toda pretensión de homenaje y velorio es sólo una forma de estar bien con uno mismo ante el deceso. ¿Son privados los homenajes?, por supuesto que no, siempre que se lleva a cabo uno es en función de exhibir/compartir nuestro dolor y recuerdo con los demás. Las razones son muchas, entre ellas (también pueden ser consideradas causas) está el mandato de comportamiento que impone la lógica cultural a la que se pertenece, en nuestro caso, para generalizar algo que no se puede generalizar, es el presentarnos con los más dolientes, los más cercanos al muerto, en quines ocurre una forma de dolor distinta (más “profunda”), y demostrar nuestro pésame. El homenaje no es privado, el dolor, en cambio, sí lo es, sencillamente por ser interior.

Dolor. Interiorización de la ausencia externa.

Continuación de Deducción 1
. Todo homenaje es válido. Los homenajes no son para los que murieron sino para los muertos, quienes, enterrados o en cenizas, no saben apreciar los homenajes, obviamente porque no pueden. Los que murieron podrían apreciar y agradecer profundamente los homenajes, pero, como se supondrá, ya no están en condiciones de hacerlo, su tiempo es el ocurrido, no el presente. Los homenajes, entonces, son para los que sí podemos disfrutarlos, agradecerlos, compartirlos, si se quiere en nombre de los que han muerto. El personaje principal del homenaje no es el homenajeado sino los que homenajean.

Otro inicio a la Continuación de Deducción 1. Todo homenaje no sólo es válido sino además potencialmente afectivo y cariñoso, por lo tanto apreciable y significativo. (Lo potencial es aquí incluido para darle cabida a las consideraciones que atiendan la posibilidad de homenajes de falsos sentimientos y oportunistas lágrimas.)


Historia del cadáver. Son siglos de discusión sobre lo que es el alma para que yo venga a declarar una definición personal de ésta y además sin apego alguno a todas esas dilucidaciones aludidas; toda una falta de respeto. Sin embargo, lo haré:

Está mi abuela tirada sobre la plancha (cuando digo “plancha” todos pensamos en deprimente metal congelado). Yo estoy frente a ella, recargado en algún mueble también de hospital ahora olvidado pero igualmente frío. Es de madrugada, he sido bruscamente despertado por una alarma telefónica, casi sísmica, que contestan en la habitación de junto; es mi primera muerte. Sigo hablando de “ella” ahí frente a ella, pero ya no estoy seguro de que sea ella. No son los algodones en las fosas nasales, boca y oídos, tampoco el velo mortuorio de los párpados, ni siquiera la sugestiva mancha oscura en el suelo bajo la plancha (a simple vista demasiado seca para ser reciente) lo que me extraña. Hay algo más en todo eso, o más bien algo de menos, un recuerdo que no concuerda con lo que veo, una carencia de reconocimiento. Eso que está ahí, lo que llamo equivocadamente “ella”, ya no es tal, sino sólo un objeto susceptible de colección, un artículo disponible para el mueble de los retratos familiares en casa de mi tía, un archivo para los cementerios. El alma es lo que en vida acciona la movilidad, corpórea, sonora, visual, etcétera, de quien la contiene, es lo que hace a la persona en el de enfrente, lo que se puede recordar como ella/él, la energía, si se quiere, que nos hace; por eso se va y se dispersa entre toda la que contiene el mundo, no asciende ni se conserva, energía convirtiéndose en más energía. Esta alma a la que me refiero es la persona misma, su adentro y su afuera; si una de esas partes falta ya no es esa persona, si una de esas partes falta está muerta.

Funerales. Los funerales tienen estrellas, tienen reflectores y tienen flores. Los muertos ahí no son los personajes principales, los muertos no pueden ser personajes principales, son la trama, son la historia, el pretexto, la coyuntura, pero nunca personajes principales. Los funerales están montados por y para los que van a los funerales, no para el que no va a su funeral.

La muerte, por el contrario, no tiene reflectores, no tiene actores principales, no tiene flores que sirvan. El pésame sí. La muerte no hace caso de famas porque la muerte no se siente en las coronas de flores, se siente en la ausencia. La muerte no necesita epitafios, la muerte sólo es de los vivos, los vivos tienen como máxima potencia la muerte. El muerto no va a su funeral porque se fue con la muerte.

Todos creen que la muerte obliga a decir lo que ya no se escuchará nunca más. Pero la muerte es truculenta, y por eso ha creado el funeral. La muerte debería ser, únicamente, la vida del muerto.

Muerte. A Lucía se le ha muerto su perra. Al parecer fue culpa del veterinario, al parecer fue el 22 de enero, no importa de qué año porque desde el día en que murió todos los años tendrán el mismo 22 de enero, sin importar el día que caiga. Llegó el domingo en su motoneta hasta la cabecera municipal a dejar a la perra después de dos días de haberla visto tristeando. Lucía vive en la playa. Su motoneta tiene arena en las llantas.

Después de dejar a la enferma se fue a dormir a otra playa no muy lejana de la suya, ya no con la motoneta sino en una camioneta del centro de investigaciones donde labora, dejando a la mascota con su doctor canino (no es que el doctor ladre ni nada por el estilo). En la noche de esa playa virgen y academizada por los visitantes, Lucía recordó a su perra mientras sentada sobre la playa tejía desde su pelo una mata de rizados hilos solares con la que lentamente cobijaba el reflejo de las estrellas mareadas. Siempre se está agarrando las largas puntas de su cabellera para procurar que el nivel del mar no se lo enrede demasiado. No sabía que en ese momento su perra ya estaba muerta. Cuando regresó a su playa y, posteriormente, a la cabecera municipal, habiendo recogido su motoneta, el doctor le mostró el cadáver de su perra. Alguien tenía que ser culpable, lo mejor fue señalar a él.

Culpabilidad. Siempre tiene que haber un culpable, es lo mejor. Y si no es lo mejor, por lo menos es lo más recomendable. El culpar es, siempre y cuando no se lleve a extremos indeseables y contraproducentes, la terapia inmediata más conveniente en la aparición de la fractura, del trauma. No pretendo posibles debates con psicoanalistas, sólo quiero decir que algo se tiene que romper con las manos si algo se rompió en las vísceras. Lágrimas. Las lágrimas son el desbordamiento de lo que más pesa adentro. Las lágrimas son la sonoridad de la complejidad en estridencias y en melodías, son la prueba de lo que más espacio ocupa en nuestro adentro, en la intimidad, de lo que más perdura, de lo que más vive y para lo que vivimos.

Comida. Sólo dos segundos hacen falta para no llegar a comer a casa. El auto es amarillo, la ciudad una de esas en las que las planeaciones urbanísticas están en función de cuánto del presupuesto conferido requiera la cartera personal de la alcaldía, la carpeta asfáltica es más delgada que el espectacular donde se presumen los alcances del gobierno –Juntos avanzamos–, el agua subterránea ondula el camino. Son las 14:35, justo cinco minutos después de la hora prometida de llegada a comer con su mujer y sus dos hijas, once y ocho años. Sol, tráfico, música, llamada telefónica, curva. Ciento sesenta kilómetros por hora indica el informe del perito. Un ligero movimiento del volante, un problema del asfalto, una ausencia de peralte, algún otro coche que se cerró, un destello de luz sobre el medallón de enfrente, dos segundos de distracción.

En esos dos segundos cabe todo lo que hizo antes de morir, todo lo que dejó de hacer. Caben sus hijas, su mujer, sus todos los demás. En esos dos segundos están todos los días que ya no serán, los posibles aniquilados, está la ausencia, está la muerte. En esos dos segundos caben todos los reproches que sus allegados le harán, está la eterna queja hacia la irresponsabilidad, hacia la elección, hacia no atender esos dos segundos.

Libertad/Elección. Vengo de una litúrgica y social tradición de combate para alcanzar la libertad, libertad del humano. Creo que la palabra nos queda grande. Si transportásemos la esencia de eso por lo que durante siglos han luchado tantos Hombres oprimidos a un plano que podríamos definir pobremente como “filosófico”, la concepción sobre este tema, la libertad, cambiaría de manera significativa. Sin embargo deben de tocarse estos dos planos, el “filosófico” no debe de alejarse de ese otro que, también someramente, llamaremos “sociopolítico” (obviamente histórico). No es necesariamente filosófico que yo diga que la Libertad nos ha quedado grande, sólo quiero hacer un apunte que irremediablemente se relaciona con esa tradición al inicio mencionada, por lo tanto quiero ser cuidadoso.

Ahí mismo tenemos una posible forma de explicación: Libertad y libertad. No estoy seguro de que sea la mejor, pero la tomaré como ejemplo –mera pedagogía– para intentar darme a entender: La Libertad nos ha quedado enorme; a penas si podemos elegir. Únicamente dos segundos bastaron para que el de arriba feneciera, dos segundos donde no vio todo lo que podía meter en esos dos segundos. La vida dura dos segundos; la muerte, por lo tanto, llega en dos segundos. ¿Qué es, pues, la Libertad?, ¿acaso esa pequeñez humana, esa nimiedad individual? Contémonos, hagamos un censo de todo lo que se enreda entre tiempo y espacio, todos nosotros mezclados, todo lo que influye, todos los elementos que constituyen un contexto, cuántos somos liados en un mismo cronotopo, ese donde el de arriba ha muerto en su auto, cada uno de nosotros decidiendo, eligiendo, y nuestra elección que se mezcla con la del de junto, y con la del otro de junto, y así potenciadamente. En toda esa maraña de ‘mundo’, que yo definiría como azar (todas las variables que le afectan al individuo y sobre las que no tiene capacidad de elegir), ¿en realidad nos creemos Libres? A penas alcanzamos a elegir, blanco o negro, terraza
o al interior, limón o sandía, voy o me quedo, y muchas veces ni siquiera lo hacemos “concientemente” (concepto sumamente espinoso), como el de arriba, que jamás atendió la velocidad a la que iba y la curva que daba, que su intención no era dejarlas, sino ir a verlas. La Libertad nos ha quedado grande.

No tengo realmente una definición para libertad, no tengo una sustancial comparación que hacer. La dejo así nada más para respetar todo eso por lo que alguna vez todos luchamos en el pasado, en el presente. Tal vez sí, por el contrario, tendríamos que empezar a pelear no por nuestra Libertad, sino por nuestra posibilidad a elegir. Tal vez estoy equivocado y fue esto último por lo que siempre luchamos.

Duelo. No podemos negar la permanente necedad de respetar la muerte, no negamos las más oscuras negaciones de nosotros mismos al cedernos al de enfrente que llora, autorizándonos sumisión para con él, dejarnos para que se sienta mejor. ¿Será acaso la maldita costumbre humana del miedo, será que respetamos la ocasión de luto no porque nos duela el que se lamenta –obviamente me refiero al pésame que se le da a alguien no íntimamente cercano–, sino más bien porque la cercanía con la muerte nos aterra? ¿Realmente nos afecta el sufrimiento o más bien nos duele profundamente el acercamiento con el fin?

Más de nosotros. Deducción 2. Necesitamos la muerte, necesitamos lo que más evitamos. La necesitan los hospitales que el azar y las decisiones abarrotan, la necesitan los herederos, los hijos con traumas que enterrar, la necesita el Estado, la necesita las instituciones de la resurrección, las aseguradoras, la funerarias, los cementerios, los asilosi; somos demasiados y no cabemos ya, por eso inventaron el SIDA y la pobreza (o la riqueza). Cuántos años hubiera soportado doña Isabelita a su esposo, enterrado en vida bajo sus cobijas y con la garganta abierta, dándole de comer por una sonda, esperando a que el enfisema le reste palabras para las visitas que fingen“normalidad”, que procuran esperanza. ¿Esperanza?, ¿para quién?, ¿para el que queda encerrado cuando los demás tiene que seguir con su día, seguir caminando –privilegio de los que no se quedan en la suite sepultura con vista al jardín y televisión por cable? Por favor, que alguien llegue y le dé un cóctel de tranquilidad, alguien que se atreva a romper con una ficción que no da más.

Necesitamos la muerte, está ahí para nosotros, a nuestra merced, estamos a merced de ella. No recibe órdenes, no es, lamentablemente, una belleza que besa con la más cálida frialdad, lamentablemente es nada más y nada menos que nosotros, uno mismo en su propia vida, con sus elecciones, con su hacer y su dejar de hacer, con sus manos.

Por supuesto que la muerte nos es necesaria, por supuesto que la(s) Iglesia(s), el Estado, las funerarias y los hospitales necesitan de ella, si fueron todos estructurados a partir de una primaria “naturaleza” de la humanidad, a saber, la muerte misma, ¿o habría que decir la vida misma?

Apunte sobre una novela de Piglia
. La lectura y las películas son, sin duda, formas de escapatoria al dolor que produce la muerte, por lo menos paliativos. Pero también todo lo que vemos o leemos, escuchamos, nos regresa al único tema que nos concierne de manera imperativa en ese periodo de duelo. Así, casi nunca nos escapamos. Estoy leyendo Prisión perpetua de Ricardo Piglia:


“En el vacío de ese tiempo sin futuro sólo se puede pensar. El pensamiento podría desarrollarse totalmente en el silencio, pensaba antes. Un pensamiento silencioso puede desarrollarse hasta el infinito. Ahora piensa que no hay pensamiento sin lenguaje. Piensa que todos los pensamientos pueden utilizarse para la aniquilación de la propia existencia. Una y otra vez volvía a pensar que desde hacía tiempo estaba muerto.ii

Los subrayados corresponden a los hechos por mi lápiz sobre el libro. Justo en el segundo de ellos, no hay pensamiento sin lenguaje, dibujo una flecha que encausa, aludiendo más bien al tercer subrayado, el apunte que hago perpendicular a las letras impresas, donde escribo:

Pensamiento y conocimiento como atentado contra la existencia, pero no como negación de la misma. La existencia tiene que incluir su negación, la mayor posibilidad del dasein es la muerte.


Supongo que estoy empecinado a reconocer en todos los lugares donde me doy eso que me atormenta, que me impone. Sí, tengo un muerto atrás, una muerte cercana. Sí, es en lo que pienso, la ausencia se replica en todas las presencias posibles, la ausencia es su presencia. Supongo que oí hablar de Heidegger, supongo que estoy de acuerdo.

Doña Isabelita. El esposo de doña Isabelita empezó a fumar a los dieciséis años, justo el momento en el que salió de España para ser cooptado por el ejército francés en su guerra mundial contra Alemania. Él era el ingeniero, se dedicaba a inventar, generalmente cualquier tipo de cosa, pero en esa circunstancia hacía sobre todo mejoras técnicas para las armas. El frío, en algún lugar de Europa, asesinaba. Él eligió fumar.

Alguna vez lo conocí. Estaba tirado ya sobre su cama, muerto de no morirse, con la garganta abierta por donde salía una sonda que, cada vez que doña Isabelita no veía, algún yerno llenaba con whisky. Me contó cómo se tiraban al suelo cada vez que una bomba les era tirada desde un avión, de tal suerte que las esquirlas que de la explosión resultaban no les tocaban el cuerpo pues salían siempre en una dirección diagonal hacia arriba desde el suelo. Nada de eso lo escuché de su voz en realidad, sino de la interpretación simultánea que su mujer, doña Isabelita, hacía de los sonidos guturales y los ademanes provenientes de ese recuerdo de titánico hombre que yacía sobre la cama.

Libró la guerra, claro está. Libró el viaje hasta México (varias semanas). Libró el nazismo, el fascismo y sobre todo el franquismo. No libró el tabaquismo. Tuvo seis hijos, de los cuales le resultaron tres monjas republicanas, una viajera y dos galanes de telenovela. Todos ellos, junto con doña Isabelita, se quejaron siempre de que fumara, incluso después de su muerte; mucho más después de su muerte. Él jamás dejó de fumar. Nunca entendí muy bien por qué no lo hizo, sobre todo ya terminada la guerra.

Histoire du non-dit. El nunca más (apodo del tiempo) alumbra con su asfixia todas las cosas que no fueron dichas, subraya con bioluminiscencia las palabras que se guardaron en la boca y que hoy en día tienen más que nunca el nombre de su destinatario (muerto). En el duelo todo lo nunca dicho se trasforma en flagelo que duplica el sufrimiento, como si la vida (del muerto y con el muerto) fuera lo que no fue y no lo que fue.

Política de lo correcto/incorrecto
. Hay muertes bien vistas y otras mal vistas, es decir, el evento –y sus causas– en el que una persona muere será significado por aquellos que vivan, de una u otra forma, la muerte y enjuiciado conforme a un aparato específico de lógicas morales. Ejemplos:

· Está mal visto morir en manos de un volante alcohólico durante un festín de irresponsabilidad.
· Está bien visto, se lamenta, que un joven muera en manos de un ejército enemigo mientras defendía su patria. Generalmente en estos casos, el que fenece se convierte incluso en referencia moral de un grupo social específico, es decir, se transforma en héroe.
· Es políticamente incorrecto que un joven muera por mano propia como resultado de una inestabilidad “mental”. La gente en estos casos suele recriminarle al muerto {...} no haber pensado en quienes le llorarían, sobre todo sus padres, es decir, le reclaman no ser justo ni consecuente con quienes le quieren y, sobre todo, con quienes le dieron La vida.
· Está bien visto, nos da mucha pena, que alguien muera en manos de una enfermedad letal, como puede serlo el cáncer de vesícula, VIH, tétanos, o alguna otra de esas cosas infalibles.

No se piense que al existir las muertes mal vistas haya quien deje de decir Ay, qué bueno era, eso es algo que permanece constante, un lamento que no se deja se sentir, un respeto invaluable por la muerte. Sin embargo, eso no quita que cuando no se está frente a los dolientes, el que no se ve tan afectado por el acaecido puede juzgar y definir qué es morir “dignamente” y qué es reprobable. Hay niveles de interiorización de la muerte, generalmente (no siempre) en función de la cercanía que se tuviera con el que murió. También de manera nivelada se dan los juicios y ponderaciones con respecto al deceso, unas más graves y/o gravosas que otras.

Pésame. A mi hermano y a mí se nos ha muerto nuestro hermano. No podemos negar que en este momento somos los objetos de la amnistía, los desafortunados con todas las ventajas. Es justo ahora el momento de aprovecharse, podemos tirarnos a todas las amigas de nuestras amigas, con quienes también ya hemos estado, y salir ilesos, es el momento de pedir favores, es ahora que podemos conseguir trabajo, Su hermano acaba de morir, diría una voz melancólica justificándonos, es justo ahora que tenemos que reclamar los libros prestados, sólo hace falta llorar. Somos en este momento los viudos, los dolidos, los que no tienen idea de cómo salir del sufrimiento, por lo tanto los que más favores pueden pedir. Ya luego vendrá la calma, no dentro de mucho la gente comenzará a no llamarnos diariamente, las flores no tocarán más la puerta –afortunadamente ya nadie envía tarjetas, de esas uno no se puede deshacer, en cambio para el problema de la permanencia de las flores y su olor siempre nos queda la descomposición (lo marchito), pero los papeles y los objetos “imperecederos” (más duraderos) se quedan autoritariamente alrededor estirando los brazos del dolor mnemónicamente. La calma traerá la risa, no únicamente la reconfortante, sino también la de la burla, la del “humor negro”, y así el muerto se entierra más, la gente que nunca lo sintió demasiado irá velando el cadáver con la levedad de las bromas políticamente (ya) correctas; posteriormente el aburrimiento del tema, su falta de actualidad, lo hará morir más. No dudemos que incluso llegará quien diga algo más bien exaltado y otro más se lo responda con unos nudillos en su nariz, sobre todo si para ese otro el duelo era mayor. Pero ahora es el justo momento para vengarse de esa gente que posteriormente se olvidará de que nos duele, antes que dejen de mandarnos flores será mejor que les pidamos más.

                                                                                                                                                                                                           (Finales de enero/08)

Ira. También llamada enojo, actúa tal cual lo hace la culpa anteriormente descrita. Hay que dejarla fluir. Emiliano. Le diagnosticaron que no llegaría más allá de los quince años. Cuando era pequeño a alguien le causó mucha curiosidad que caminase de puntitas. No sé bien cómo se llama su enfermedad, algo que le provocaba que sus músculos no crecieran mientras los huesos sí. Desde temprana edad estuvo en una silla de ruedas, pronto conectado a un aparato que le hacía respirar. Tiene 28 años. Hoy murió.

Terminó una carrera en la Facultad de Filosofía y Letras. Estudió cine en Nueva York. Un sujeto sin duda muy inteligente. Hoy murió, más de diez años después de lo diagnosticado.



Año de la rata. Anuncio de destrucción. Ludwig escribió sobre un muro de mi casa justo antes de desaparecer El crepúsculo de la desaparición lo baña todo con la magia de la nostalgia; todo, incluida la guillotina*. No estoy seguro a dónde fue, lo he intentado encontrar pero no aparece. Cada vez que tocan a la puerta pienso que será él, excusándose con alguna tontería como que había mucho tráfico o que tuvo que llevar a su madre al trabajo. Me urge encontrarlo, tengo que decirle que este año ha estado lleno de desastres, que estoy enfermo, que lo andan buscando. Él y yo nacimos en 1984, año en que murió Michel Foucault, Julio Cortázar, Truman Capote, cuando publicaron La insoportable levedad del ser*, presentación de “Like a virgin” de Madonna, primer Pichichi para Sánchez, Soda Stereo presenta su disco homónimo, introducción de la primera Apple Macintosh, y muchos otros lugares comunes que nos hacían cercanos. Supe que el último lugar a donde fue Ludwig fue Huautla, justo cuando yo andaba por Oaxaca.

Ludwig murió en un coche amarillo justo cuando perdió dos segundos en un abismo de libertad que le quedó grande. A Ludwig le diagnosticaron una enfermedad terminal, popularmente conocida con el nombre de muerte, desde el día en que nació; en ese momento, lo que mejor se le ocurrió hacer fue vivir, no encontró otra alternativa. A lo largo de su vida hizo, como todos los demás, mucho menos de lo que pudo haber hecho, pero mucho más de lo que muchos hicieron, que fue sencillamente hacer lo que creía, ser lo que creía, y ello, lo que creyó, es totalmente ponderable (incluso recriminable) desde las creencias de cualquiera, pero totalmente legítimo y aplaudible por ser suyo y por haber operado en sí mismo. A Ludwig no lo mató ningún veterinario sino él mismo al enfermarse de lo que se enfermó. Pero eso de lo que se enfermó tiene un origen, y ese origen puede ser considerado como producto de una intervención humana, por lo tanto hubo un alguien que tiene la culpa de que Ludwig se enfermara; regreso a la idea que más adelante se leerá {...}, la estrecha relación de elementos que componen la sociedad (los individuos) es tal que todos estamos vinculados en lo de todos, es decir todos somos culpables, es decir nadie es culpable. Ludwig está tendido sobre una plancha de metal (ya sabemos qué pensar cuando digo “plancha”). Ya no es él, sólo un recuerdo muy fresco de algo que nos hace llorar.
Es imposible no intervenir en el otro de junto, tanto en dolor como en alegría, la cercanía inmediata entre personas, graduada en nomenclaturas sociobiológicas, nos hace susceptibles al sufrimiento y a la felicidad. Sería negarnos a nosotros mismos el negar lo lastímero, como sería negarnos a nosotros mismos el no sufrir lo lastímero. Todos somos culpables del dolor del otro, qué mayor injusticia que el agradecimiento dado por los hijos a los padres a cambio de toda su paternalidad, qué más injusto que un juego como el amor en el que siempre pierde el mejor. La injusticia esa que vemos en tales cosas no es sino nosotros mismos, lo que más se ajusta a nosotros, lo propio. ¿Dar la vida no es al mismo tiempo dar la muerte, como quiera que ésta ocurra? ¿Desde cuándo la vida pasó a ser un anuncio de Master Card?

Ludwig ha muerto a los 23 años. Como le faltaban diez para volverse superstar, la Iglesia ha emitido un veredicto reprobatorio con respecto a su muerte: Fue una vida truncada, sentenció. A partir de ello nos hemos preguntado si la vida de Emiliano estuvo truncada también, nos hemos preguntado si es una vida truncada la de alguien que muere a los 76 años tres meses después de que le diagnosticaran metástasis de un cáncer vesicular. También nos preguntamos si una vida no truncada sería aquella de quien muere anciano “sanamente”; ¿lo sano es lo habitual, lo corriente? ¿Qué más corriente que la muerte en cualquiera de sus formas? Para que la Iglesia emitiese ese tajante veredicto tuvo que comparar la vida de Ludwig con un esquema específico de vida que para ésta es la correcta. En consecuencia, nosotros nos preguntamos, ¿es la vida un manual estandarizado a realizar o una realización personal en convivencia? Seguimos esperando la respuesta de la santa institución.

El Estado y la Iglesia, a través de sus allegadas instituciones (la familia, el matrimonio, etc.) nos han enseñado a negar nuestra autoridad sobre la muerte propia. La negación de nuestra muerte es un principio cultural por todos reproducido, incluso si la deseamos está en contra de lo que debemos hacer/ser en función de nuestra relación con los otros. Si se tiene hijos “menores de edad” habría que considerar matices, pues existe una responsabilidad implícita al concebirlos, una suerte de entregarse a sí mismo. El problema de esto radica en la clausura de la vida a partir del temor de la muerte, que es en sí peor que la muerte misma; el problema es operar en función de restricciones que pretende alejarnos de la muerte en función de una vida no vertiginosa. Hemos dejado de decidir sobre nuestra muerte, tenemos que conservarla al por mayor, hay que ser productivos, hay que estar para los demás, es un problema de Estado, Estado basado en la prohibición religiosa del suicidio; hemos dejado de decidir sobre nuestra muerte, y eso es en realidad dejar de decidir sobre nuestra vida.

La queja que se opone a la mala vida reclama una sanidad, enjuicia una vejación al cuerpo, una “autodestrucción”. Esa queja supone un cuerpo institucionalizado, separado de la misma persona. Sucedimos la etapa del esclavismo con una fachada religiosa que esclavizaba a los Hombres a partir de un dios. Terminamos con ese fanatismo religioso para cambiar a su dios por un aparato moderno estatal que tiene como Cristo al presidente y como Testamento la constitución. Ahora, nuestro cuerpo, parte integral de nuestra persona, le pertenece al Estado, por lo tanto nuestra vida también. Como aparato discursivo que nos arroja a esa vida de bienestar están todos los deber ser que se dibujan como horizonte de posibilidad de cada persona al hacerse “responsable” de su vida. Arrimarse a esos deber ser es justamente dejar de ser responsables de la vida de uno mismo. Lo más autodestructivo que podemos hacer en nuestra vida es tenerle miedo.

Nadie, nunca, nada podrá lanzar la primera piedra. Nadie, nunca, nada debería de tener en sus manos una piedra.


juanaurelio@lugarescomunes.com.mx

i Vid., José Saramago, Las intermitencias de la muerte, México DF, Punto de Lectura, 2007.
ii Ricardo Piglia, Prisión perpetua, Barcelona, Anagrama, 2007, p. 48.

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