OAXACA TAMBIÉN ESTÁ(BA) EN HUAUTLA
Desorden escriturístico sobre la muerte o lo que supongo de ella.
Juan Aurelio Fernández Meza
Facultad de Filosofía y Letras, UNAM/Lugares Comunes
El mundo se fractura, entonces podemos empezar a escribir. He dejado los tapujos de lado, el dolor hace creer
que lo que se escribe es bueno, o por lo menos se justifica su publicación (realización) justamente porque es
escritura de duelo. Casi todo vale. Esto no es una investigación, mucho menos académica, es un recuento de
ocurridos y de sus propietarios los recuerdos.
Muerto. Nadie se acuerda de él antes de morir, o por lo menos son muy pocos los que sí en este funeral, la
mayor parte de los presentes se acuerdan de él muerto, del muerto. Sin embargo, como ningún muerto se escapa
de tener un vivo en las espaldas, con respecto al cadáver sólo se dice, Ay, qué bueno era. La primera y única
conclusión de este texto será: los muertos son de los vivos. Al mismo tiempo, ese precepto es el eje a partir del
que se ha organizado todo el desorden a continuación presentado.
Deducción 1.Si los muertos son de los vivos, toda pretensión de homenaje y velorio es sólo una forma de estar
bien con uno mismo ante el deceso. ¿Son privados los homenajes?, por supuesto que no, siempre que se lleva a
cabo uno es en función de exhibir/compartir nuestro dolor y recuerdo con los demás. Las razones son muchas,
entre ellas (también pueden ser consideradas causas) está el mandato de comportamiento que impone la lógica
cultural a la que se pertenece, en nuestro caso, para generalizar algo que no se puede generalizar, es el
presentarnos con los más dolientes, los más cercanos al muerto, en quienes ocurre una forma de dolor distinta
(más “profunda”), y demostrar nuestro pésame. El homenaje no es privado, el dolor, en cambio, sí lo es,
sencillamente por ser interior.
Dolor. Interiorización de la ausencia externa.
Continuación de Deducción 1. Todo homenaje es válido. Los homenajes no son para los que murieron sino para
los muertos, quienes, enterrados o en cenizas, no saben apreciar los homenajes, obviamente porque no pueden.
Los que murieron podrían apreciar y agradecer profundamente los homenajes, pero, como se supondrá, ya no
están en condiciones de hacerlo, su tiempo es el ocurrido, no el presente. Los homenajes, entonces, son para los
que sí podemos disfrutarlos, agradecerlos, compartirlos, si se quiere en nombre de los que han muerto. El
personaje principal del homenaje no es el homenajeado sino los que homenajean.
Otro inicio a la Continuación de Deducción 1. Todo homenaje no sólo es válido sino además potencialmente
afectivo y cariñoso, por lo tanto apreciable y significativo. (Lo potencial es aquí incluido para darle cabida a las
consideraciones que atiendan la posibilidad de homenajes de falsos sentimientos y oportunistas lágrimas.)
Historia del cadáver. Son siglos de discusión sobre lo que es el alma para que yo venga a declarar una
definición personal de ésta y además sin apego alguno a todas esas dilucidaciones aludidas; toda una falta de
respeto. Sin embargo, lo haré:
Está mi abuela tirada sobre la plancha (cuando digo “plancha” todos pensamos en deprimente metal congelado).
Yo estoy frente a ella, recargado en algún mueble también de hospital ahora olvidado pero igualmente frío. Es de
madrugada, he sido bruscamente despertado por una alarma telefónica, casi sísmica, que contestan en la
habitación de junto; es mi primera muerte. Sigo hablando de “ella” ahí frente a ella, pero ya no estoy seguro de
que sea ella. No son los algodones en las fosas nasales, boca y oídos, tampoco el velo mortuorio de los párpados,
ni siquiera la sugestiva mancha oscura en el suelo bajo la plancha (a simple vista demasiado seca para ser
reciente) lo que me extraña. Hay algo más en todo eso, o más bien algo de menos, un recuerdo que no concuerda
con lo que veo, una carencia de reconocimiento. Eso que está ahí, lo que llamo equivocadamente “ella”, ya no es
tal, sino sólo un objeto susceptible de colección, un artículo disponible para el mueble de los retratos familiares
en casa de mi tía, un archivo para los cementerios. El alma es lo que en vida acciona la movilidad, corpórea,
sonora, visual, etcétera, de quien la contiene, es lo que hace a la persona en el de enfrente, lo que se puede
recordar como ella/él, la energía, si se quiere, que nos hace; por eso se va y se dispersa entre toda la que contiene
el mundo, no asciende ni se conserva, energía convirtiéndose en más energía. Esta alma a la que me refiero es la
persona misma, su adentro y su afuera; si una de esas partes falta ya no es esa persona, si una de esas partes falta
está muerta.
Funerales. Los funerales tienen estrellas, tienen reflectores y tienen flores. Los muertos ahí no son los
personajes principales, los muertos no pueden ser personajes principales, son la trama, son la historia, el pretexto,
la coyuntura, pero nunca personajes principales. Los funerales están montados por y para los que van a los
funerales, no para el que no va a su funeral.
La muerte, por el contrario, no tiene reflectores, no tiene actores principales, no tiene flores que sirvan. El
pésame sí. La muerte no hace caso de famas porque la muerte no se siente en las coronas de flores, se siente en la
ausencia. La muerte no necesita epitafios, la muerte sólo es de los vivos, los vivos tienen como máxima potencia
la muerte. El muerto no va a su funeral porque se fue con la muerte.
Todos creen que la muerte obliga a decir lo que ya no se escuchará nunca más. Pero la muerte es truculenta, y
por eso ha creado el funeral. La muerte debería ser, únicamente, la vida del muerto.
Muerte. A Lucía se le ha muerto su perra. Al parecer fue culpa del veterinario, al parecer fue el 22 de enero, no
importa de qué año porque desde el día en que murió todos los años tendrán el mismo 22 de enero, sin importar
el día que caiga. Llegó el domingo en su motoneta hasta la cabecera municipal a dejar a la perra después de dos
días de haberla visto tristeando. Lucía vive en la playa. Su motoneta tiene arena en las llantas.
Después de dejar a la enferma se fue a dormir a otra playa no muy lejana de la suya, ya no con la motoneta sino
en una camioneta del centro de investigaciones donde labora, dejando a la mascota con su doctor canino (no es
que el doctor ladre ni nada por el estilo). En la noche de esa playa virgen y academizada por los visitantes, Lucía
recordó a su perra mientras sentada sobre la playa tejía desde su pelo una mata de rizados hilos solares con la que
lentamente cobijaba el reflejo de las estrellas mareadas. Siempre se está agarrando las largas puntas de su
cabellera para procurar que el nivel del mar no se lo enrede demasiado. No sabía que en ese momento su perra ya
estaba muerta. Cuando regresó a su playa y, posteriormente, a la cabecera municipal, habiendo recogido su motoneta, el doctor le mostró el cadáver de su perra. Alguien tenía que ser culpable, lo mejor fue señalarlo a él.