LA MUERTE DE LA MODERNIDAD

                                                      Federico Tello Mendoza
Facultad de Filosofía y Letras, UNAM/Lugares Comunes

“The questions are the answers you might need”
Noel Gallager, D´you Know What I Mean?


Introducción


Para tratar de caracterizar tiempos como los presentes, cuando la esperanza peca de ingenuidad y por ende se observa como sospechoso todo optimismo, donde lo imperante es el cinismo que trata de surfear por la existencia, no me parece arriesgado decir que se trata en todo caso de la época del “todo esta permitido”. Con una pregunta quisiera sintetizar la totalidad de los problemas: ¿Es posible justificar cualquier acción que se realice? En parte esta pregunta depende de la respuesta a si es posible equiparar diversas experiencias. Pero aun con esto, y más allá aun, independientemente de la justificación subsiste siempre una fundamentación, que de hecho es la que posibilita toda acción, de la que el juzgar es sólo parte. Citando a Camus “no hay más que un problema filosóficamente serio: el suicidio. Juzgar que la vida vale o no vale la pena de que se la viva es responder a la pregunta fundamental de la filosofía”.i Me inclino a pensar que a pesar que Camus se corrigió diez años después llevando el problema del suicidio al homicidio con el Hombre Rebelde en 1953, en todo caso no se trata de distintas cosas, es más bien la espada de dos filos de la libertad. El ser ahí es ser para la muerte, pero es también desde siempre un ser con otros. Mi propia muerte, la posibilidad de cometer suicidio entraña su antítesis, no la vida, sino la muerte del otro. En ningún caso se trata de lo mismo, pero existe entonces el problema de cómo separarlos. Pues bien, esto depende de esclarecer cómo justificamos las acciones que emprendemos, desde dónde creemos fundamentarnos y desde dónde nos fundamentamos en la práctica. Decir que alguien hace o hizo algo porque fue o es su decisión nos lleva inmediatamente a respetar esa decisión, o por lo menos esto se erige aun como valor fundamental. ¿Pero entonces no tenemos derecho a decir no? ¿Es forzoso aceptar la libertad del otro? Así es como a nosotros, época histórica, se nos impone la necesidad de llegar a repensar y esclarecer en la posmodernidad los fundamentos y la praxis de la libertad y la responsabilidad. Para esto aún falta un largo camino, pues para no seguir hablando de ellas en abstracto se deben observar y trabajar en su concreción, pero aun en su nivel más vivencial, y renunciando a toda posibilidad de reducir sus determinaciones espacio-temporales, el problema primero tiene que responderse en sus cuestiones de método.

¿Existe un algo que nos permita comparar las diversas experiencias que acontecen en la historia? En conceptos generales esta es la pregunta por las posibilidades de una historiografíaii, pero también de una ética en la posmodernidad, pues se requiere entonces una noción de lo correcto y de lo incorrecto antes de pretender calificar cualquier acción, acontecimiento y experiencia.

La posibilidad de una ética se encuentra circunscrita a lo que se podría denominar «nuestras posibilidades», que no son para nada un fenómeno esencialmente volitivo sino que, antes bien, las condiciones que determinan el ámbito de lo posible; determinaciones que finalmente no son otra cosa que los principios que norman nuestra cultura y que son siempre constituidos históricamente, son desde siempre intersubjetivas. El primer paso sería realizar una historia de la modernidad que interrogue por los valores que han constituido a los sistemas ideológicos que se han propuesto imperar en el mundo, que no es otra cosa que el dominio de nosotros mismos. Pero en aras del dominio, me parece que esta historia no describe otra cosa sino la caída del poder político y el ascenso cada vez más salvaje del poder económico, o por lo menos la subordinación del primero al segundo. Y a pesar de haber actores concretos a los que se puede identificar con los poderes económicos y políticos, desde siempre somos todos los artífices de dichas fuerzas, ¿en qué medida? esta aún por determinarse. Me parece que finalmente esta historia, de una cultura que propone al Mercado como instancia suprema llega a la enunciación práctica de un “haz lo que quieras, que a mí no me importa”iii, fórmula cínica que sigue montándose sobre la irremediable libertad del neoliberalismo, que renuncia por cobardía, sólo de manera aparente y en búsqueda de la satisfacción narcisista, al reconocimiento de todo poder sobre el otro. Todo esto es falso, y de fondo lo que esconden los dispositivos de la posmodernidad no es otra cosa que la desnudez del poder.

En este ensayo quisiera adoptar dos ejes interpretativos, por un lado el teórico, en el que parto del análisis de un ensayo de Michel de Certeau, que me parece apunta finalmente a la irresponsabilidad imperante en la ejecución de toda acción humana, producto de lo que podríase denominar fetichización de la libertad. El segundo consiste en un análisis de la obra literaria de Michel Houellebecq, cúmulo que me parece no sólo representa los peligros de la modernidad y la muerte de la misma, sino que proporciona no los conjuros para la resurrección, sino los puntos centrales para el alba de una nueva época que sople con vigor a las nubes del cinismo que llenan de tinieblas al ocaso que es la posmodernidad. Es un ensayo pretencioso, pero de fondo espero lograr menos de lo que me propongo, no persigo respuestas.

La fetichización de la modernidad como carácter de la posmodernidad. Michel de Certeau y el discurso historiográfico.

Si el discurso historiográfico realiza algo, y no sólo el académico sino también el de la historiografía general, es decir la totalidad de narraciones desde las periodísticas hasta las conversaciones coloquiales, es reinsertar sentido al desgarrarse la trama de normalidad de la experiencia humana social.

Si surgiera la disyuntiva sobre el carácter del trabajo de Michel de Certeau, esto es la necesidad de clasificarlo hacia dentro de alguno de los géneros académicos; no tendría inconveniente en decir que se trata eminentemente de un texto historiográfico.

Y es que aun cuando De Certeau toca temas concernientes a la ontología y a la epistemología del quehacer histórico en su abordaje por clarificar el estatus de la ficción y de la ciencia hacia dentro de la producción de historia, su tratamiento es siempre temporal, y por ello llega a plantear el carácter histórico de los distanciamientos, conjunciones, errores, superposiciones, y posibilidades de la tríada ficción-ciencia-historia. A pesar de que considero que un planteamiento teórico consistente permite su acercamiento desde cualquier proposición, posibilitando llegar así a los demás puntos tocados en un planteo general, me parece que si existe un punto nodal de la concepción de De Certeau, que a su vez sirve para explicitar el carácter predominantemente histórico del texto, es el punto referente a la «repolitización», que para De Certeau consiste en “«historicizar» la misma historiografía”.iv Este neologismo «historicizar» no es propiamente historizar, sino que propone una acción distinta al básico proyectar en la temporalidad histórica un problema determinado.

De Certeau nos dice que “por reflejo profesional, el historiador refiere todo discurso a las condiciones socioeconómicas o mentales de su producción”. El historicizar consistiría en llevar esas mismas acciones no al discurso sino a la praxis historiográfica. Lo que de común se puede entender por análisis historiográfico, no es lo que De Certeau propone en tanto dentro del propio análisis se siga manteniendo el distanciamiento ontológico que desde la producción profesional de historia se realiza entre el pasado representado y el presente de la producción.

Reunificar el tiempo en este sentido, sería determinar cómo una simbólica se expresa y se funda sobre una política. Esta propuesta, de suyo ontológica, vincula en sí los dos grandes ámbitos de reflexión teórica del siglo XX, corrientes que al fin y al cabo han determinado los desarrollos hacia dentro de la filosofía de la historia. Se trata en todo caso de los dos problemas teóricos del siglo XX, lenguaje y experiencia, filosofía analítica y fenomenología para ponerles un nombre que permita un manejo conceptual, aun cuando no rígido, de estos dos problemas. Para De Certeau la historiografía habita desde hace cuatro siglos en la frontera que separa el discurso y la fuerza, pero sólo hasta ahora se muestra la falacia de esta concepción implícita. Este postulado posibilitaba la disociación de un presente y un pasado, uno sujeto y el otro objeto, uno dedicado a la producción del discurso y el otro confinado a ser representado. En el doble problema de lenguaje-experiencia, el principio de que toda simbólica se expresa y funda en una política, parecería que marca un primado cronológico de la experiencia por encima del lenguaje, y me inclino a pensar que es así, pero no en un sentido cronológico.

Hasta aquí he enunciado los problemas teóricos que a mi parecer son fundamentales en la propuesta de De Certeau, su resolución, con miras a clarificar la operación de la historicización me conduce a tratar varios puntos con la esperanza de poder unificarlos al final de este ensayo.

Si sostengo que el trabajo de De Certeau es eminentemente de carácter historiográfico no es en el sentido en que él mismo describe el discurso historiográfico. Al momento en que De Certeau caracteriza la praxis performativa del discurso historiográfico como operación donde el futuro se forma a partir de separar el pasado representado de las condiciones socioeconómicas presentes.

En uno de los cuatro puntos que trata sobre la ficción, específicamente el tocante a ficción y realidad, tal parecería que en su proceder los historiadores trabajan bajo la perspectiva de un nihilismo epistemológico. El nihilismo de los terroristas rusos del siglo XIX procedía bajo una propuesta simple, destruirlo todo, lo que quede de pie será lo verdadero. De Certeau que retoma de Popper el concepto de falseación, propone que el historiador erradica de las narraciones cotidianas, de las fábulas, y de los mitos, aquello que con el contraste documental se presenta como lo inverosímil, bajo el supuesto de que lo que no es falso debe ser real. Pero advierte que “aunque lógicamente ilegítimo, el procedimiento ´marcha´ y ´hace marchar´”.v

Esto vinculado a su tesis de la historiografía general, que es que el discurso culto, no se distingue en más de las narrativas cotidianas en el sentido de hacer habitable el presente organizando el cúmulo de significados históricosociales, señala no sólo el carácter ilegítimo, sino también encubridor del presente, es decir las condiciones socioeconómicas que posibilitan la producción histórica, juicio para el que De Certeau se basa en el descubrimiento freudiano de que todo recuerdo es un recuerdo encubridor, o como el sueño, que deconstruyendo el trabajo del sueño, configura en apariencia nuevos significados.

Así, bajo la apariencia de ser un discurso real, expurgado de impurezas ficcionales, la historiografía culta en realidad se escinde de sus condiciones socioeconómicas presentes, se desmarca del común. Y así como en la antigüedad se buscaba la falsedad de los cultos paganos para resaltar al verdadero Dios, creando con ello creyentes, el discurso de la historiografía crea realidad no en tanto pasado sino en futuro. Pues las escrituras instauran coherencias capaces de crear un orden, la historia posterior que satisfaga los intereses presentes ocultados. Si sólo se puede crear porvenir pasando por alto el olvido del presente es algo que De Certeau, por lo menos en este ensayo no especifica, aun cuando a eso apunta al señalar persistentemente el carácter performativo del discurso: lo real representado no corresponde con lo real que determina su producción, “la representación disfraza la praxis que lo organiza”vi anticipando la satisfacción de las condiciones e intereses.

El relato El gran inquisidor de Dostoievski, muestra con la interpretación que tiene el inquisidor de la historia de Occidente, el carácter en apariencia prospectivo y que sólo a posteriori muestra cómo las sentencias que se tornan con el devenir hegemónicas delimitan el mundo posible futuro. El inquisidor increpa a Cristo a propósito de esa escena de los evangelios donde Satán tienta tres veces a Jesús. Las tentaciones del “Espíritu eterno y absoluto, y no de un espíritu humano y transitorio, pues predicen, y a la vez resumen, toda la historia ulterior de la humanidad...”vii son el sentido histórico de la Iglesia como institución, cuya historia es la traición al mensaje de Cristo. Así la espada del César desde la legación de Constantino le pertenece a la Iglesia, quien abandonando el camino del libre albedrío y del amor propugnado por Cristo se ha dedicado a tomar el poder y hacer la felicidad del género humano en el mundo. El inquisidor le dice que si bien la obra no ha concluido no es por pereza, sino por falta de tiempo. La tarea no es otra cosa que lograr el pleno dominio y la plena satisfacción de necesidades; éstas a su vez delimitadas desde el discurso. Esta labor Dostoievski no se la atribuye sólo a la Iglesia, sino que la interpreta como meta de la Ilustración, dejando abierta la interrogante de quién realizará en unos siglos más dicha empresa. Este mismo sentido preformativo y redentor, aun cuando De Certeau no lo menciona explícitamente, está de fondo en ese carácter ideológico que se encuentra presente en el discurso histórico culto, que sirve a fines del poder político y del poder económico. Instancias que tratan de embelezar a la academia, pues al revestirse ésta de un carácter legendario –función de la ficción hacia el seno de la autoridad- tiene el poder de “enunciar lo que hay que pensar y lo que hay que hacer”.viii En todo caso para De Certeau se trata de un discurso dogmático, pues en tanto se funda en “lo real”, no necesita justificaciones. La paradoja que hay que evidenciar es que lo real de donde se funda lo delimita el propio discurso.

Muchas veces se ha escrito que escribir historia es hacer historia, pues bien, si el presente es disociado del pasado, ocultando sus propias determinaciones, resulta que el historiador se cubre de un aura que lo destemporaliza, revistiéndolo luego de objetividad; no participa de la realidad de la que invariablemente parte. El hacer historia resulta en el absurdo de no ser un hacer histórico. De Certeau lo que hace es historiografía, pero al centrarse en la producción de la misma describe la realidad socioeconómica que auspicia dicho trabajo, en esto consiste la historicización, en un historizar lo deshistorizado de la historización que es el historiar. Así, hacer historiografía es hacer historia que a su vez hace historia con la condición ella misma de no hacer olvidar las condiciones propias de su fabricación. Pero ¿es esto posible?

Repolitizar es a mi entender no sólo evidenciar las determinaciones socioeconómicas del discurso y con ello los intereses políticos y económicos que lo mueven, sino también asumir como historiador una política conciente, y ya en el plano del evidenciar, abandonar la retórica de lo real y la exclusión de la ficción que pretende poseer una ascesis ideológica y más absurdo aún, histórica.

No puede quedar aparte, de ninguna manera, la analítica que emprende en torno a lo que denomina la matematización de la epistemología de la historia, carácter que hacia dentro de la producción pretende superar la retórica, encontrando nuevas instancias desde las cuales cabe asegurar la verdad. Cabe recordar que de entre las críticas lanzadas a Metahistoria de Hayden White, se dijo que dicho análisis era anacrónico en tanto los historiadores habían desarrollado nuevas metodologías que poco tenían que ver con el antiguo arte de mover elánimo hacia una toma de posición. Pero esta matematización de los modelos cognoscitivos para De Certeau es sólo una prueba más del solapamiento que sirve a la economía burguesa y conquistadora, como él la llama. Ya en lo personal, y como algo todavía en vías de estarse pensando, me parece que De Certeau sentó hasta cierto punto, las bases para comenzar a salir de las aporías a que los historicismos han llegado.

A lo que me refiero va estrechamente vinculado al proceso de solapamiento, que hacia dentro de la filosofía marxiana se denomina fetichización de la mercancía, y que tiene otro paralelo con la arqueología que emprendió Foucault en torno al poder. Foucault preocupado no sólo por el poder político, sino por las muchas sujeciones que funcionan en el cuerpo social y fuera de la legalidad, señala metodológicamente en Vigilar y castigar por qué y cómo hay que llevar el estudio del centro del poder hacia sus extremidades.

De ahí se lanzó a estudiar las relaciones de poder en ámbitos sólo en apariencia fuera del campo legal fundante de obediencia -que posee una función legendaria igual que la academia, y fetichizadora por tanto de la responsabilidad del poder- que son la cárcel y el manicomio. Preguntar por cómo se origina el marco legal que fundamenta al poder político y por ende
la obediencia -discurso legal que guardaría el mismo tono performativo del que habla De Certeau a propósito del discurso histórico- en relación a las prácticas cotidianas donde se realiza un poder fuera del marco legal nos conduce a un enredo tipo huevo o gallina, intento vano por reconocer un momento cronológicamente ubicado. No se trata de ninguna manera de un momento histórico originario de determinación y sobredeterminación, se trata de una parte estructural, no histórica, pero sí temporal que caracteriza al total de la modernidad: la fetichización. La fetichización describe el movimiento dialéctico mediante el cual el trabajador no se reconoce en el producto de su trabajo, la mercancía, cuyo costo de producción es originalmente el tiempo de trabajo involucrado en su realización. Para Marx esto marca la contradicción fundamental del capitalismo en tanto el sistema liberal decreta una igualdad de todos los hombres ante la ley que en todo caso resulta abstracta. Esta igualdad es la condición de la libertad del hombre moderno en tanto lo capacita para concurrir libremente al mercado. Pero el trabajador, sólo poseedor de su fuerza de trabajo tiene que enajenar dicha capacidad empleándose, y lo que oferta no es otra cosa que su libertad. De ahí emerge el plusvalor del que se apropia el capitalista, pues la mercancía, que originalmente se tasa en relación a la fuerza productiva requerida, puede ser ofertada en el mercado a lo que en principio el capitalista determine. La oferta y la demanda normaliza finalmente este precio, generando esa ficción radical que es la autonomía del mercado.

Esta disociación de diversos momentos íntimamente entramados es finalmente lo que posibilita no sólo la economía liberal, sino interpretando a Foucault, al ejercicio del poder que en este espejismo gana obediencia y sujeción y que en el caso De Certeau explica cómo el discurso histórico gana realismo. Con ello se puede enunciar que dicha disociación genera a la modernidad en su totalidad.

En la teoría marxiana el ente que posibilita toda esta serie de abstracciones, de suyo extraña pues permite escapar de la historicidad de la producción y consumo de mercancías –o discursos- pero increíblemente no escapa de la temporalidad, es el dinero. Sólo mediante éste y su fuerza normalizadora se logra abstraer al trabajo traduciendo tiempo de producción en mercancía contable, que no tiene ningún otro fin más que éste, cuantificar lo que de suyo sólo debería ser cualificable.

Y ahora regreso a Foucault. Si resulta que en toda relación de poder está el poder todo, cómo quilatar distintas experiencias, pues parecería que al estar el poder todo en toda manifestación concreta del mismo, resulta que toda experiencia es intercambiable, o por lo menos equiparable. Cosa que me parece completamente ridícula. Marx, Foucault, y De Certeau finalmente no dejan de pensar nunca en la Revolución, pero con esta aporía que Foucault resalta y no resuelve, parecería que realmente podemos hacer una Revolución desnudos desde la cama. O bueno, que toda acción de principio es revolucionaria, cosa de nuevo por demás ridícula.

El problema en el ámbito de la experiencia, es que si bien opera la misma fetichización que en el ámbito de la mercancía – disociación temporal entre principios, medios y fines de la acción-, existe un gran vacío, el del agente normalizador. Algo similar al dinero en su función descrita parece ausente en el aquilatamiento del ámbito de la praxis social, referente y fundante de la producción historiográfica Finalmente, me parece que en el medio de todo esto lo que atraviesa a la totalidad de problemas enunciados son las aporías a las que llega el pensamiento y la praxis de los historicismos, no sólo el académico, sino abusando del concepto de historiografía general, el del historicismo general del mundo occidental. Claro, aquí se trata de por lo menos dos historicismos, uno, el que defiende el primado de que toda obra o producción es única e irrepetible en el conjunto de la historia, y otro que concibe a su vez que todo lo existente es síntesis de la historia en su totalidad. Progreso llama Jean-Paul Sartre al camino que conduce hasta mí.


Pues bien, en este punto es donde quiero engarzar la serie de problemas que he venido tercamente enunciando con el trabajo de De Certeau. En una parte, a propósito de la labor verificadora de documentos por parte del aparato fabricador y las reglas que se imponen a la praxis del historiar en su relación con el tiempo nos dice que este:


...sólo aparece, a la manera de un sistema monetario, como un principio de clasificación para los datos situados en este espacio objetivo externo. Metamorfoseado en medida taxonómica de las cosas, la cronología deviene en coartada del tiempo, una manera de servirse del tiempo sin pensarlo y de exiliar del saber este principio de muerte y de pasaje (o de metáfora). Queda el tiempo interno de la producción, pero transformado en su interior en una serialidad racional de operaciones, y objetivado en su exterior en un sistema métrico de unidades cronológicas, esta experiencia no tiene más que un lenguaje ético: el imperativo de producir, principio de ascesis capitalista.ix

En este movimiento es como se logra deshistorizar pero sin destemporalizar. Como un romper y trastocar sin ejercer contacto, la telequinesis de la modernidad. Una de las coincidencias en esta última idea trascrita de De Certeau, es con respecto a la tesis de que el tiempo se hace tiempo humano en la medida que se hace tiempo narrado de Paul Ricoeur en Tiempo y Narración. Justo esto es lo que describe De Certeau pero en su efecto hacia la constitución de bases que facilitan la acción de los poderes políticos y económicos. Sólo en la narración se logra vincular diversas acciones, prácticas y experiencias, estableciendo una serie de jerarquías, de las que un exhaustivo examen de la historiografía contemporánea nos de tal vez una pista sobre cómo clasificamos y privilegiamos ciertas acciones por encima de otras, propuesta que en todo caso sería una genealogía del saber histórico. Lenguaje y experiencia, o las escuelas aún predominantes de la filosofía, se engarzan cuando se arriba al giro práctico del que De Certeau forma parte, haciendo torpe pretender establecer un primado cronológico de uno u otro. En torno al otro asunto, en algún punto de todo esto, repolitizar es el historicizar la historiografía. Es pensar el tiempo, en el sentido de extraer de la fetichización del pasado representado y sus condiciones socioeconómicas presentes las implicaciones de ella pero proyectándolas a su vez hacia su perspectiva histórica. Esto haciéndose una sola labor con la genealogía propuesta, me parece sienta algunas bases para emprender una nueva historia de la modernidad con miras a esclarecer la posmodernidad y salir de ella.

El trabajo de Michel Foucault y su conclusión de que las prácticas de poder se encuentran en toda relación intersubjetiva, apunta entonces a concebir todo estudio enmarcado en los límites temporales de la modernidad bajo la determinante de un panpoliticismo fetichista y por ende, encubridor de la responsabilidad subyacente a todo acto de dominio-subordinación. El común a estas tres fetichizaciones es la deshistorización sin pretender la destemporalización. La repolitización propuesta para el discurso histórico de De Certeau implica entonces la historicización del discurso. Esto hace evidente que la repolitización no se refiere a la constitución de algo ya de suyo político pero fetichizado, sino a que dentro del todo, que es político, histórico y social, cabría entonces reflexionar en torno a cómo hacer evidente dichos intereses -las condiciones de posibilidad de una honestidad no cínica- y cómo hacer que esta evidencia perviva en el resto de las practicas sociales y económicas. Aquí la especulación teórica encuentra su límite, pues continuar en este ámbito significa el mantenimiento del carácter encubridor de la teoría misma. Se trata en dado caso de mirar a aquellos que con la imaginación construyen mundos posibles, los que exploran prácticamente las posibilidades de la existencia, marcando los límites de éstas a la par de ir demoliendo las aporías históricas, gestando de esta manera futuros alternativos a las propuestas lógicas de la realidad presente. Por ello, en este punto salto a la literatura, ámbito que a su vez muestra las radicales consecuencias de la modernidad como fetichización hacia dentro de la existencia humana.



Houellebecq y la muerte de Occidente.

La mercantilización de todo lo producido, la politización de toda práctica y la reconversión discursiva de todo ámbito de experiencia son al fin y al cabo las determinantes de dominio actual, de quién y hacia quién todavía está por verse. De las tres fetichizaciones, la mercancía, las relaciones de poder, la generación del discurso, surge finalmente la última, la enajenación de la humanidad, no como género humano, sino como fetichización de la dignidad del hombre. Desde esta plataforma interpretativa me enfrento a la obra de Michel Houellebeqc. De principio, frente al Leviatán, que devora la noche de donde surge la posmodernidad, parecería que la única acción posible de resistencia es el suicidio, o al menos así parece indicarlo Houellebeqc, quien lleva al suicidio una y otra vez a sus personajes. Pero ¿es esto cierto?

Houellebeqc no sólo es un escritor incómodo, es incluso peligroso. Si bien todos sus personajes recurren al suicidio como alternativa, en un acto de rebelión hacia un mundo que prefiere ignorar las contradicciones y adopta por ello una gélida indiferencia, lo último que debe interpretarse de sus novelas es al suicidio como una alternativa viable. El mundo moderno y su humanismo propuesto podríase sintetizar en estas líneas de John Donne:


                   Por quién doblan las campanas
Ningún hombre es en sí equiparable a una isla; todo hombre es un pedazo del Continente, una parte de Tierra Firme; si el Mar llevara lejos un Promontorio... como si se llevara una Casa Solariega de tus amigos o la tuya propia. La muerte de cualquier hombre me disminuye, porque soy una parte de la Humanidad. Por eso no quieres saber nunca por quién doblan las campanas; ¡están doblando por ti...!


La obra de Houellebeqc se inscribe justo en la recta final de la destrucción histórica del principio ningún hombre es una isla, que se realizó mediante la confusión de establecer al sujeto individual como principio ontológico del conocimiento y de la mano toda praxis humana. De ahí la fetichización del original ámbito de libertad humana, el otro.

Las partículas elementales, Plataforma y La posibilidad de una isla no son para nada una trilogía, pero encierran muchos elementos comunes. Sus tres protagonistas, Michel Djerzinsky, Michel y Daniel1, son sujetos exitosos o que por lo menos no les va mal profesionalmente. Representan cada uno un estereotipo de la sociedad, el primero un científico, el segundo un burócrata y el tercero un artista. Son tres visiones distintas de la misma realidad enunciadas por un mismo sujeto. Sólo Las partículas elementales, tiene un narrador omnisciente, las otras dos son narraciones en primera persona, con la excepción de los comentarios de Daniel24 y de Daniel25 que materializan el eterno retorno volviendo una y otra vez a los hechos de la vida de Daniel1. Por esta última condición, a pesar de sus diferencias en la posición del narrador, Las partículas elementales y La posibilidad de una isla comparten una característica que las hace colindar con la ciencia ficción. Lo que pretendo es preguntar qué lleva a cada personaje al suicidio y así establecer para Houellebeqc qué es el suicidio en la posmodernidad.

En Las partículas elementales, la utopía hippie de los años sesenta del siglo XX, se rebela más bien como la pesadilla que materializó los principios enajenantes de la modernidad misma. Si resultó que el siglo XVII con Descartes utilizó el modelo de la geometría para encumbrar a la mente como el ámbito regulador de la verdad, Houellebeqc muestra cómo el siglo XX propone a la ciencia genética y su metáfora del código genético como paradigma de la verdad. Este libro inicia con la siguiente proposición “...la visión del mundo adoptada con mayor frecuencia en un momento dado por los miembros de una sociedad determina su economía, su política y sus costumbres”x y bajo la metáfora del código genético Houellebeqc propone que los cambios de época histórica se realizan por efecto de mutaciones metafísicas que arremblan con todo sistema económico y político, sus juicios estéticos y las jerarquías sociales. Sólo una mutación metafísica detiene una mutación metafísica, nos advierte Houellebecq.

Michel Djerzinski es el artífice de una nueva mutación. Y una idea que ronda continuamente la narrativa de Houllebeqc es el derrotar a la muerte, lograr la inmortalidad. La empresa científica de Djerzinsky es lograr eso, la ciencia y su técnica son sus herramientas. Toda utopía está condenada al fracaso en tanto no sólo invierta, sino que rompa completamente con los principios ontológicos que regulan un mundo, por ello resulta paradójico que las utopías propuestas de quinientos años a la fecha prolonguen los mismos sueños que las originan, sin lograr nunca la realización de la promesa. Por ejemplo Odisea 2001 al espacio de Arthur C. Clark, prolonga los principios de evolucionismo biológico que en su aspecto ideológico instauran la misma zozobra que auspicia a la imaginación. En la consecución de la inmortalidad, la raza alienígena que contactó a los homínidos al origen de la humanidad primero trasportó su esencia a cuerpos tecnológicos que remedian la corruptibilidad del cuerpo biológico, para después desprenderse de estos cuerpos logrando convertirse en seres de pura energía. Lo que sigue presente es ese dejo de platonismo que niega a la corporeidad y por ende a la historia como el único ámbito de la existencia. Si la emergencia de la ciencia moderna parte del principio de disociar raciocinio de corporeidad, resulta entonces que la razón es siempre razón fetichizada. Pero Djerzinsky no persigue esta renuncia metafísica al cuerpo, antes añora el cuerpo, ámbito en el que él es un inválido pues es más bien un sujeto asexuado a condición de no haber recibido una sexualidad en su tierna infancia por el abandono de su madre. Su búsqueda de la inmortalidad se propone como una rectificación del código genético, que dependiente en última instancia de los procesos subatómicos, tiene por condición lógica la muerte, pues en el proceso de la metástasis se producen errores en la duplicación del código. Cabe recordar que este proceso azaroso es el responsable de las mutaciones genéticas, que con su lógica interna fue estudiado por primera vez a conciencia por el monje Gregorio Mendel, abriendo la puerta con su explicación al esclarecimiento científico y no político de la deriva genética y por ende de la teoría de la evolución darwiniana. Aun así la empresa de Djerzinsky se inscribe en el evolucionismo, pero en ese que ubica a la razón de parte del hombre, y que con ella debe controlar la naturaleza y hacer la historia, sobreponiéndose al caos óntico insertando significado a lo informe.

Djerzinsky no es el único personaje de la novela en cometer suicidio, es incluso el suicidio de Annabelle, su amor platónico, el que precipita su investigación genética. Ella es diagnosticada con cáncer, producto justo de la mala duplicación de las células, y que al quedar desahuciada opta por la eutanasia. Djerzinski una vez concluida su obra, sienta las bases teóricas para una duplicación exacta de las células y así lograr la inmortalidad, desaparece frente a una playa en Irlanda, convirtiéndose en una especie de Elías posmoderno.xi Frente a inmortalidad y suicidio se debe tener en claro que Houellebeqc en Las partículas no propone la inmortalidad para el hombre concreto del presente, sino siempre para El Hombre, universal que no somos nosotros, universal en un futuro histórico, pero del que nosotros la vieja humanidad no formamos parte. El suicidio, como en Djerzinsky y Elías es entonces el sacrificio que nosotros debemos realizar en aras de los que vendrán, recuérdese entonces la apología de Nietzsche al suicidio:


La muerte que yo os predico es la mía, la muerte voluntaria, aquella que llega hasta mí porque yo la quiero.
Y ¿cuándo querré? – Quien tiene una meta y un heredero, quiere la muerte en el momento justo para la meta y para el heredero.xii


Pero ya en 1953 Albert Camus había lanzado una protesta contra la fetichización del presente en beneficio de las generaciones futuras, decisiones del pasado hacia el presente que en la mayoría de los casos, estamos siempre dispuestos a criticar, e incluso a execrar por haber tomado alguien antes de nosotros decisiones en nuestro lugar. Lo que se juega de fondo es la misma insatisfacción que encontramos desde la antigüedad en el libro de Job en contra del sufrimiento, reclamo que encontramos en aquellos rebeldes que son Kierkegaard frente a la totalización de la filosofía hegeliana, y el Dostoievsky que amo en voz de Iván Karamazov cuando dijo “... y añado que si el sufrir de los niños sirve para aumentar la suma de dolores necesarios para llegar a la verdad, la verdad no vale tanto”.xiii

Si bien la crítica a toda renuncia al presente, es decir el ataque al futurismo se pone en juego de un modo ambiguo por parte de Houellebcq, él mismo no propone la antípoda del futurismo, la renuncia a todo futuro más allá de los posibles sensibles. En Las partículas elementales, la madre de Djerzinsky representa justo esto, la renuncia a todo futuro que no pertenece a uno con miras a lograr el máximo de satisfacción presente. Se trata de la generación precedente a la del autor, la que con sus sueños utópicos logró la realización de otra de las constantes hacia dentro de la obra de Houellebcq, que es la pérdida del placer en beneficio de la satisfacción narcisista.

El placer siempre es un movimiento dialéctico que depende inexorablemente del placer del otro, de hecho el placer es el goce del otro. Y lo que queda clausurado para Djerzinsy y con él a su generación es eso, la imposibilidad no de conocer, sino de reconocer el rostro del otro al momento del amor. Por ello mismo, con la finalidad de resaltar la clausura del amor y la mercantilización del mismo, Houellebeqc explota las escenas de sexo explícito una y otra vez en con el personaje de Bruno, hermano de Djerzinky. Bruno no opta por el suicidio, llega más bien a la neurosis y a recluirse en un sanatorio mental. Igual que Breat Easton Ellis con su Patrick Bateman en American Psycho, que al leer un letrero en un club de caballeros descubre que “Ésta no es la salida” -última frase del libro-, Houellebecq arroja de lleno al hombre contemporánea contra el rostro aporético de la cultura occidental. Houellebcq lo enuncia así: “Occidente ha terminado sacrificándolo todo (su religión, su felicidad, sus esperanzas y en definitiva, su vida) a esa necesidad de certeza racional. Es algo que habrá que recordar a la hora de juzgar al conjunto de la civilización.”xiv

Plataforma es un texto similar pero en muchos casos ajeno a Las partículas. Lo único que salva es el amor, pero no uno platónico al estilo de la relación Anabelle-Djerzinsky, sino el amor corporal, el físico, ya de suyo dificultado por el cristianismo y que en el siglo XX se vuelve imposible por la realización de los sueños narcisistas presentes en las ideologías modernas. Si bien la relación de Michel-Valérie se anticipa con la de Bruno y Chistiane de Las partículas, el desenlace de Plataforma, momento que precipita el suicidio de Michel rompe completamente con la última posibilidad de salvación. Lo que está de juego es lo que sabe Iván Karamazov que es lo único real, a propósito del análisis crudo, desgarrador y por ello mismo realista que de la existencia le hace a su hermano Aliosha.

Según mi pobre espíritu terrenal, sólo se que existe el dolor, que no hay culpables, que todo se encadena, que todo pasa y se equilibra, según las fantasías de Euclídes; sé todo eso y, sin embargo, no puedo admitir la vida basada en ello. ¿Qué pueden importarme todas esas teorías? Lo que necesito es una compensación y si no la veo me destruiré. Y no una compensación dispersa en lo infinito, sino aquí abajo, en la tierra. ¡Quiero verla con mis propios ojos! No la quiero para más tarde, para cuando ya no exista, ni en lugares que no conozco. ¡Quiero ser testigo, puesto que he sido creyente, y si estuviese muerto, que me resuciten.xv

Lo mismo parecería, suscribe Houellebecq, si no fuera porque Plataforma es justo la revocación de la compensación, Lo que Iván sólo exige, Michel lo pierde, es la clausura anónima, incluso azuzada de la única salida. La economización de todo ámbito existencial, resultado del afán racionalizador de Occidente es la muerte del hombre. La comercialización racional del sexo es lo que precipita, de acuerdo con Houellebecq, la muerte de Occidente. Poco a poco, las mujeres al igual que los hombres comenzarán a solicitar la prostitución masculina sólo por el afán narcisista. Es evidente que esto es un corolario de la liberación de la mujer en el siglo XX, fenómeno concomitante a su masculinización. Si se hubiera logrado la liberación femenina sin ese proceso de desfeminización de la cultura, Occidente aún tendría una oportunidad. La mujer aparece en la vida de Michel y con ello el amor, la pérdida de esta compensación muestra cruelmente la frialdad de toda empresa humana, frente a esto, no por una depresión, sino incluso como un acto racional Michel comete suicidio.

Con La posibilidad de una isla, Houellebecq vuelve a abordar la posibilidad del amor en la posmodernidad, regresando a su vez al tema de la inmortalidad. Daniel1 es un humorista exitoso, sabe que su vida gira entorno a la mujer, y sólo por ella esta aquí, en las primeras páginas escribe “Querida Sylvie. Así perdí mi virginidad y se decidió mi vocación”.xvi

El sueño de inmortalidad no se consigue aquí como en el caso de Las partículas a partir del dominio de la mutación, sino como realización de la clonación humana indefinida del mismo sujeto. Daniel24, el clon de Daniel1 dos mil años después de la muerte de éste, en uno de sus comentarios escribe: El mar ha desaparecido, y el recuerdo de las olas. Tenemos documentos sonoros y visuales: ninguno nos permite sentir realmente la empecinada fascinación del hombre, como atestiguan tantos poemas, ante el espectáculo en apariencia repetitivo del mar estrellándose contra la arena.xvii

Así, la consecución del sueño implica la pérdida del misterio del universo anónimo e indiferente para con la humanidad. Dios separó el agua de la tierra, instaurando orden al caos, ese sentido tiene la empresa Occidental, el fin de la belleza, de lo caótico que posee de suyo más allá de un equilibrio geométrico. Y una vez más suenan las campanas repiqueteando el ritmo del verso A brave new world!.

Las relaciones de Daniel1 son dos, Isabelle y Esther. Y él sabe que son finalmente ellas las que le redimen de la existencia moderna. El problema es que la mujer, junto con el hombre, ahora también está perdida. Aquí se abre el problema del hombre con relación a la mujer, develándose entonces otra necesidad imperiosa a resolver, pero que lamentablemente no se realiza, la feminización del hombre. Isabelle, exitosa editora de una revista que se dedica a sacar de la inocencia a las niñas dejándoles intacta la apariencia virginal, se deja perder al momento que su belleza física declina, se aparta de Daniel1 sin que éste pueda hacer algo, ni por ella ni por sí mismo.

En ese momento conoce a Esther, una joven actriz española que lo hace perder la cabeza. Lo que duele, como bien dice Houellebqc es la imposibilidad del amor absoluto, pues él mismo tiende a la muerte, la angustia es la separación de los cuerpos que se saben uno por un segundo, para irremediablemente después perderse en el abismo de la prisión individual.

La rebelión contra la muerte, la búsqueda de la inmortalidad es precisamente esto, el rechazo a la separación física de los amantes. Lo paradójico resulta que la esencia del hombre, y por ende del humanismo, es la muerte misma. Amar significa en gran medida desear la muerte, el fallecimiento de todo lo existente. El fin de antemano de toda relación es la condición de posibilidad de todo inicio. Y esto se ve con la soledad en que la sociedad neohumana sobrevive.

La humanidad busca el amor bajo los principios de la modernidad, la certeza racional, el subjetivismo cartesiano y la obtención de la ganancia en el menor tiempo posible. Esta ansia por vivir conduce a la frustración de Occidente en tanto las implementaciones tecnológicas aceleran los procesos, alargan la vida biológica, pero clausuran la posibilidad del sufrimiento vivificante, la melancolía de la separación. Houellebcq lo enuncia así:

“Aumentar los deseos hasta lo insoportable y a la vez hacer que satisfacerlos resultara cada vez más difícil: ese era el principio único en el que se basaba la sociedad occidental”.xviii Se rechaza por tanto la relatividad producto de la finitud temporal sin tener ya jamás la alternativa al absoluto después de la muerte de Dios. Pero de fondo estas dos posiciones no son distintas, son la misma. La inmortalidad terrenal no representa nunca una tercera alternativa, pues ella misma, como lo muestra Houellebcq vive aún en la continua ansia de los futuros, no de una clonación que como fotocopia erradica lo particular de cada sujeto. En este caso el sacrificio que el suicidio de Daniel1 representa no es en amor al futuro como el tiempo de la humanidad redimida al sentido de Djerzinsky. Es la clausura del futuro sin posibilidad de un nueva humanidad interesada aún por la belleza, la verdad o la justicia. La inmortalidad que plantea Houellebcq es el último nihilismo, donde efectivamente nada pervive, incluso esa posibilidad de inmortalidad. ¡Si todo ha de morir, que no exista entonces nada! Parece ser la consigna.


La esperanza que el amor representa es justo en el sentido contrario, la del amor a la finitud, un dios falible y mucho más humano de lo que preferiríamos soñar. La única anotación que realizó mi amigo Fritz en su copia de La posibilidad de una isla fue con motivo de la siguiente cita:

Yo no quería convertirme en autómata, y era eso, esa presencia real, ese sabor de vida viva, como habría dicho Dostoievski, lo que Esther me había devuelto. ¿Para qué mantener en funcionamiento un cuerpo que nadie toca? ¿Y por qué elegir una habitación de hotel bonita si vas a dormir sólo? No tenía más remedio, como tantos otros que al final fueron vencidos a pesar de sus burlas y sus muecas, que inclinarme ante el hecho: inmensa y admirable era la fuerza del amor.xix

Fritz escribió “El último de los dioses, al menos eso parece (Sí hasta en Houellebcq)”. Y es que a final de cuentas el suicidio de Daniel1 no es una muerte racionalizada, sino llena de fe y esperanza, es el riesgo que corrió al amar sin límites. Cuando conoce a Esther escribe:

Comprendí que iba a amar a Esther, que iba a amarla con violencia, sin precaución ni esperanza de ser correspondido. Comprendí que iba a ser una historia tan fuerte que podría matarme, que probablemente me mataría en cuanto Esther dejara de quererme porque al fin y al cabo hay ciertos límites, por mucho que todos tengamos cierta capacidad de resistencia todos terminamos por morir de amor, o más bien de falta de amor... xx

En el plano simbólico, y en concordancia con las filosofías orientales, con el suicidio de sus personajes Houellebecq no hace otra cosa que renunciar al individuo. Pero esta renuncia, el suicidio, que busca desprenderse no de la vida sino de la individualidad, es de suyo paradójica pues surge siempre como una decisión racional individual. El suicidio se vuelve entonces un hermoso final para enunciar y denunciar una vez más la antítesis entre el ningún hombre es en sí equiparable a una isla y el ten el valor de servirte de tu propia razón kantiano. El suicidio muestra entonces el absurdo de la imposibilidad cultural de abandonar aquello que nos ha separado en islas, porque sólo en islas es posible mantener la economía de consumo imperante. El divide y vencerás de Roma, se convierte en la divisa contemporánea pero no en términos bélicos, sino económico-político-comerciales.

La posibilidad del humanismo

La salida, si es que existe, está en comprender de principio que la eternidad y por ende la inmortalidad sólo existe como momento, si el tiempo es limitado y finito, el único ámbito donde es posible el amor es en la historia. La relación amorosa evidentemente es también una relación de poder, Houellebqc es consciente de esto al señalar que al enamorarse, el más débil será lentamente torturado por el fuerte quien realiza esto sin siquiera sentir placer en la destrucción del otro. Pero invariablemente, a pesar de que uno no elige de quien se enamora, se requiere de cierta voluntad de sujeción, de vértigo como deseo a caer. Esta voluntad es la que se encubre bajo la apariencia de poder que se le atribuye a esa persona de la que uno se ha enamorado. En ese movimiento, que precipita el final, el tiempo efectivamente pierde uno de sus caracteres, en tanto se deshistoriza la decisión misma de caer y ser torturado por una pasión. La conciencia del sufrimiento, el sobrevivir a una relación así arroja al cinismo y desesperanza propia de la posmodernidad. Evadiéndose una vez más de la responsabilidad que cada sujeto tiene sobre sí mismo y que a la par tiene sobre el otro. El miedo ya no sólo protege la integridad emocional sino que precipita el final de una relación, el miedo a su ocaso cierra la puerta al enamoramiento, dejando sólo la relación sexual. Se deshistoriza así el devenir propio de la relación. Convirtiendo la posibilidad de eternidad en una anécdota fallida. El amor eterno no existe fuera de la historia, y depende en gran medida de los discursos que los sujetos disponen para significar su propia experiencia ¿Qué encubre esta fetichización de la historicidad misma del amor humano? La posibilidad de sufrir como sufrimiento generador de experiencia y no sólo de cinismo. Experiencia que finalmente no es individual, sino siempre colectiva, y sólo desde ahí generadora de individualidad.

Lo que está presente entonces es la falsa noción de ser un uno individual al momento de entrar en una relación y de salir como uno igual o como uno distinto. El sujeto individual, se forma entonces hacia dentro de la relación. Y esto sucede sólo porque la narratividad de la existencia no implica el cierre de la experiencia al siquiera abarcar en su totalidad lo sensible, pues sólo obtura una parte de ella. Es claro que la experiencia y la narratividad otorgan sentido al devenir, pero si se pretende mediante el lenguaje clausurar el sufrimiento, lo que se esconde entonces es la historicidad misma del sentir y por ello no se logra la clausura autónoma del mismo. De esto están conscientes las últimas aportaciones teóricas a las terapias psicológicas, que saben que la verbalización no basta para aliviar al alma. Dostoievski lo enunciaba así “hay que amar a la vida por encima del sentido de la vida”. Por ello la conciencia de la finitud debería no sólo desgarrar nuestros sueños, sino antes bien aliviarnos de la finitud del sufrir mismo.

Lo que propone Houellebecq como principio único de Occidente, tiene su verdadero sentido en los dos movimientos contemporáneos de la globalización: la estandarización de todo sujeto en sujeto económico a la par de la generación de un mercado de consumo de élite, que se puede enunciar como la gourmetización de la existencia, ámbito de suyo excluyente de la mayoría de la humanidad, punto coincidente con lo que Houellebecq denomina satisfacción narcisista, deseo que describe la negación radical del otro concreto. El Mercado propicia en aras del consumo un discurso que performa la separación de los amantes, fenómeno similar al caso de la anorexia y la bulimia, constituyendo un mercado de la depresión propicio a la inversión racional y por ello al usufructo a partir del sufrimiento y el trauma. La trampa se podría enunciar así: ¡Dejé de sufrir, consuma!, con el paradójico carácter de que es el consumo mismo el que invoca al dolor una vez más.

La fetichización, ubicada originalmente por Marx como fetichización de la mercancía, desemboca entonces en la absoluta mercantilización de la existencia. En todo caso la historicización en tanto evidencia de lo suprimido, no sólo en el discurso historiográfico, sino en todo discurso que atraviesa y posibilita lo real, aun a riesgo de no saber exactamente las consecuencias de ello, me parece una salida a la posmodernidad. La restitución de Dios, pero éste como Ser histórico, sería metafóricamente el punto nodal de dicha propuesta, el reconocimiento de que lo trascendente es histórico de suyo. Es en cierto sentido la restitución de los universales.

La posibilidad de una isla es finalmente la conciencia de que la isla no es ni puede ser individual, se requiere del otro para ser libre en el amor. Queda aún por inquirir sobre el carácter fetichista de la libertad, los límites de la volición, y los límites de la responsabilidad tanto de uno como del otro, instancia que permitiría la emergencia de un ámbito que rehabilite de nuevo la responsabilidad y el derecho inherente de los padres sobre los hijos, pero que a la inversa también se torna necesario.

Es el derecho y la obligación del uno frente al otro y viceversa. A la par esta ética perseguiría la marca que delimita a la racionalidad en fenómenos de creencia, fe, entrega y renuncia como lo son la religión o el amor y con ellos todo a lo que Occidente ha renunciado en aras de la conquista racional del mundo. Finalmente espero haber abierto un espectro muy amplio en el que yo mismo me he perdido con la esperanza de que se siga inquiriendo sobre lo aquí problematizado. Lo principal es no desesperar de dicha empresa, ya que finalmente la restitución del humanismo, aun a riesgo de nuestra propia existencia se esboza en parte en el poema de Daniel1 al momento de su suicidio. Por más desgarrador que sea en contraste a su propia acción, me parece un mensaje lleno de esperanza.


Mi vida, vida mía, mi antiquísima vida,
Mi primer deseo mal curado,
Mi primer amor disminuido,
Has tenido que volver.


He tenido que conocer
Lo mejor que hay en la vida,
Dos cuerpos que disfrutan de su felicidad
Uniéndose y renaciendo sin fin.

En completa dependencia
Comparto el temblor del ser,
La vacilación de desaparecer,
El sol que azota el lindero.

Y el amor, en el que todo es fácil,
Donde todo se da al instante:
Existe en mitad del tiempo
La posibilidad de una isla.
xxi


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i Albert Camus, El mito de Sísifo, Buenos Aires, Losada, p.15.
ii En un sentido bastante amplio, me refiero a la totalidad de prácticas narrativas implicadas en el todo de la cotidianidad.
iii La formulación no es mía. En todo caso pertenece al doctor Néstor Braunstein, filósofo y psicoanalista, que plantea el tránsito del discurso del ámbito del Padre, hacia el del Amo, para llegar en la actualidad al de Mercado. Planteo coincidente en parte a la situación contemporánea de la ideología descrita por Slavoj Žižek, en Žižek, Slavoj, El sublime objeto de la ideología, México, Siglo XXI, 1992.
iv Michel de Certeau “La historia, ciencia y ficción”, en Historia y Psicoanálisis, México Universidad Iberoamericana plantel Santa Fe, 2003, p.17.
v Ibidem p. 2
vi Ibidem p. 4.
vii Fedor Dostoievksy, Los hermanos Karamazov, México, Porrúa, 1997, p. 165.
viii De Certeau, op.cit., p. 8.
ix Ibidem p. 18
x Michel Houellebecq, Las partículas elementales, Barcelona, Anagrama, 2006, p. 7.
xi 2 Reyes 2,11 Elías sale hacia a Bétel, y le ruega a Eliseo que lo espere en otro lugar, una veces más se lo pedirá a lo que Eliseo contesta en las dos ocasiones ”Por la vida de Yavé y por tu vida, que no te dejaré”. Llegando a Bétel donde los esperan los hijos de los profetas, una y otra vez repiten a Eliseo “¿Sabes tú que Yavé alzará hoy a tu señor sobre tu cabeza?”. Después llegando a Jericó le repiten lo mismo a lo que ya fastidiado Eliseo responde “También lo sé, callad”. De ahí parten hacia el Jordán y después de partir las aguas
del río, apareció un carro de fuego con caballos de fuego que separando a Elías de Eliseo arrebató a Elías en medio de un torbellino hacia el cielo. En la tradición bíblica esto dio pie a pensar que Elías regresaría justo antes del advenimiento del Mesías. Así se establece el vinculo entre Elías y Juan el Bautista adentro del cristianismo. Cabe recordar que este último fue degollado.
xii Friedrich Nietzsche, Así hablo Zarathustra, Madrid, Sarpe, 1983, p. 92
xiii Dostoyevsky, op.cit, p. 160. Ayer y hoy esto sigue siendo cierto, antes se trataba de una utopía, hoy de un bolso Gucci.
xiv Houellebeqc, Las partículas, op.cit. p. 274.
xv Dostoievsky, op.cit. p. 159.
xvi Michel Houellebecq, La posibilidad de una isla, México, Alfaguara, 2006, p. 20.
xvii Ibidem p. 40
xviii ibidem p. 76
xix ibidem p. 200
xx ibidem p. 158
xxi Houellebecq, op.cit. p. 390-391.

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