Introducción
Para tratar de caracterizar tiempos como los presentes, cuando la esperanza peca de ingenuidad y por ende se
observa como sospechoso todo optimismo, donde lo imperante es el cinismo que trata de surfear por la existencia,
no me parece arriesgado decir que se trata en todo caso de la época del “todo esta permitido”. Con una pregunta
quisiera sintetizar la totalidad de los problemas: ¿Es posible justificar cualquier acción que se realice? En parte
esta pregunta depende de la respuesta a si es posible equiparar diversas experiencias. Pero aun con esto, y más allá
aun, independientemente de la justificación subsiste siempre una fundamentación, que de hecho es la que posibilita
toda acción, de la que el juzgar es sólo parte. Citando a Camus “no hay más que un problema filosóficamente
serio: el suicidio. Juzgar que la vida vale o no vale la pena de que se la viva es responder a la pregunta fundamental
de la filosofía”.1 Me inclino a pensar que a pesar que Camus se corrigió diez años después llevando el problema del
suicidio al homicidio con el Hombre Rebelde en 1953, en todo caso no se trata de distintas cosas, es más bien la
espada de dos filos de la libertad. El ser ahí es ser para la muerte, pero es también desde siempre un ser con otros.
Mi propia muerte, la posibilidad de cometer suicidio entraña su antítesis, no la vida, sino la muerte del otro. En
ningún caso se trata de lo mismo, pero existe entonces el problema de cómo separarlos. Pues bien, esto depende de
esclarecer cómo justificamos las acciones que emprendemos, desde dónde creemos fundamentarnos y desde dónde
nos fundamentamos en la práctica. Decir que alguien hace o hizo algo porque fue o es su decisión nos lleva
inmediatamente a respetar esa decisión, o por lo menos esto se erige aun como valor fundamental. ¿Pero entonces
no tenemos derecho a decir no? ¿Es forzoso aceptar la libertad del otro? Así es como a nosotros, época histórica,
se nos impone la necesidad de llegar a repensar y esclarecer en la posmodernidad los fundamentos y la praxis de la
libertad y la responsabilidad. Para esto aún falta un largo camino, pues para no seguir hablando de ellas en
abstracto se deben observar y trabajar en su concreción, pero aun en su nivel más vivencial, y renunciando a toda
posibilidad de reducir sus determinaciones espacio-temporales, el problema primero tiene que responderse en sus
cuestiones de método.
¿Existe un algo que nos permita comparar las diversas experiencias que acontecen en la historia? En conceptos
generales esta es la pregunta por las posibilidades de una historiografía2, pero también de una ética en la
posmodernidad, pues se requiere entonces una noción de lo correcto y de lo incorrecto antes de pretender calificar
cualquier acción, acontecimiento y experiencia.
La posibilidad de una ética se encuentra circunscrita a lo que se podría denominar «nuestras posibilidades», que no
son para nada un fenómeno esencialmente volitivo sino que, antes bien, las condiciones que determinan el ámbito
de lo posible; determinaciones que finalmente no son otra cosa que los principios que norman nuestra cultura y que
son siempre constituidos históricamente, son desde siempre intersubjetivas. El primer paso sería realizar una
historia de la modernidad que interrogue por los valores que han constituido a los sistemas ideológicos que se han propuesto imperar en el mundo, que no es otra cosa que el dominio de nosotros mismos. Pero en aras del dominio,
me parece que esta historia no describe otra cosa sino la caída del poder político y el ascenso cada vez más salvaje
del poder económico, o por lo menos la subordinación del primero al segundo. Y a pesar de haber actores
concretos a los que se puede identificar con los poderes económicos y políticos, desde siempre somos todos los
artífices de dichas fuerzas, ¿en qué medida? esta aún por determinarse. Me parece que finalmente esta historia, de
una cultura que propone al Mercado como instancia suprema llega a la enunciación práctica de un “haz lo que
quieras, que a mí no me importa”3, fórmula cínica que sigue montándose sobre la irremediable libertad del
neoliberalismo, que renuncia por cobardía, sólo de manera aparente y en búsqueda de la satisfacción narcisista, al
reconocimiento de todo poder sobre el otro. Todo esto es falso, y de fondo lo que esconden los dispositivos de la
posmodernidad no es otra cosa que la desnudez del poder.
En este ensayo quisiera adoptar dos ejes interpretativos, por un lado el teórico, en el que parto del análisis de un
ensayo de Michel de Certeau, que me parece apunta finalmente a la irresponsabilidad imperante en la ejecución de
toda acción humana, producto de lo que podríase denominar fetichización de la libertad. El segundo consiste en un
análisis de la obra literaria de Michel Houellebecq, cúmulo que me parece no sólo representa los peligros de la
modernidad y la muerte de la misma, sino que proporciona no los conjuros para la resurrección, sino los puntos
centrales para el alba de una nueva época que sople con vigor a las nubes del cinismo que llenan de tinieblas al
ocaso que es la posmodernidad. Es un ensayo pretencioso, pero de fondo espero lograr menos de lo que me
propongo, no persigo respuestas.
La fetichización de la modernidad como carácter de la posmodernidad. Michel de Certeau y el discurso
historiográfico.
Si el discurso historiográfico realiza algo, y no sólo el académico sino también el de la historiografía general, es
decir la totalidad de narraciones desde las periodísticas hasta las conversaciones coloquiales, es reinsertar sentido al
desgarrarse la trama de normalidad de la experiencia humana social.
Si surgiera la disyuntiva sobre el carácter del trabajo de Michel de Certeau, esto es la necesidad de clasificarlo
hacia dentro de alguno de los géneros académicos; no tendría inconveniente en decir que se trata eminentemente de
un texto historiográfico.
Y es que aun cuando De Certeau toca temas concernientes a la ontología y a la epistemología del quehacer
histórico en su abordaje por clarificar el estatus de la ficción y de la ciencia hacia dentro de la producción de
historia, su tratamiento es siempre temporal, y por ello llega a plantear el carácter histórico de los
distanciamientos, conjunciones, errores, superposiciones, y posibilidades de la tríada ficción-ciencia-historia.
A pesar de que considero que un planteamiento teórico consistente permite su acercamiento desde cualquier
proposición, posibilitando llegar así a los demás puntos tocados en un planteo general, me parece que si existe un
punto nodal de la concepción de De Certeau, que a su vez sirve para explicitar el carácter predominantemente
histórico del texto, es el punto referente a la «repolitización», que para De Certeau consiste en “«historicizar» la
misma historiografía”.4 Este neologismo «historicizar» no es propiamente historizar, sino que propone una acción
distinta al básico proyectar en la temporalidad histórica un problema determinado.
De Certeau nos dice que “por reflejo profesional, el historiador refiere todo discurso a las condiciones
socioeconómicas o mentales de su producción”. El historicizar consistiría en llevar esas mismas acciones no al
discurso sino a la praxis historiográfica. Lo que de común se puede entender por análisis historiográfico, no es lo
que De Certeau propone en tanto dentro del propio análisis se siga manteniendo el distanciamiento ontológico que
desde la producción profesional de historia se realiza entre el pasado representado y el presente de la producción.