LA MUERTE COMO IMPULSO DE VIDA

                                       Abril Montoya
Facultad de Filosofía y Letras, UNAM

El crepúsculo de la desaparición lo baña todo
con la nostalgia; todo, incluida la guillotina.
Milan Kundera

Nosotros, entes creadores de cultura, estamos en constante interrogación de lo que nos rodea y de lo que nos constituye. Creemos fervientemente en encontrar todas las respuestas y con ello, hacer desaparecer el miedo a lo desconocido. Sin embargo, el mundo, aun en pleno siglo XXI, nos oculta algunos misterios.

A través de este ensayo, solamente quiero reflexionar con la ignorancia (y no por ello negativa) que sobre mí pesa o libera. Al final, cada quien es libre o responsable de optar por cualquier camino.

El tema que nos ocupa esta ocasión es la muerte. Ojalá que la motivación que nos impulsa y pone a reflexionar hubiese sido otra que las heridas y el hueco que nos ha dejado tan irreparable perdida que acongoja a nuestros corazones y mentes y que, por medio de la escritura, tratamos de sanar.

El hombre es el ser para la muerte y, por ende, el ser como tiempo, es decir, es la finitud desde donde se desplegará el pensamiento. Ella otorga al hombre su humanidad. “Se trata, pues, de descubrir en el ser del hombre mismo su propia finitud, su específica relación con la muerte, y no sólo de describir cómo nos comportamos ante ella cuando labramos símbolos".1

No obstante, ¿y alguien podría reprocharlo?, el hombre evade la muerte porque admitirla sería mirar de frente su propia fragilidad. Éste sólo vive una vez, esta vida es prueba y original, no hay posible marcha atrás. Cada acción, cada palabra, quedará marcada por la imposibilidad de probar la hipótesis por medio de un experimento, nunca podremos llegar a averiguar cuál era la “opción correcta”.

Desde que nacemos morimos de alguna manera. La muerte es el destino último del hombre aunque, “en el fondo nadie cree que morirá. Sólo sentirá lástima por el compañero que está junto a él. La explicación de Freud es que el inconsciente no conoce la muerte ni el tiempo. En su nicho fisioquímico y orgánico interno, el hombre se cree inmortal".2

Es necesario este temor a la muerte para que el organismo se proteja ante ella, pero el hombre no puede vivir con ese temor constante pues afectaría a todo su organismo, impidiéndole funcionar correctamente. “El hombre, imagen encarnada de dios, no puede gozar de los privilegios eternos de aquél, por lo cual, en una operación paradójica, hace descansar en su límite la fuerza misma de sus posibilidades".3

Esta necesidad de inmortalidad llevará al hombre a vivir en sociedad y crear cultura. Esta última funciona como una respuesta en vida a la acción de morir, consecuentemente, la gran presencia omnisciente de la muerte impulsa de forma paradójica una acción en la vida y ésta es mayor mientras haya más grado de conciencia de sí misma. “De la necesidad de vivir y del sometimiento inexorable de la vida frente a la muerte, la conciencia normativa hace una virtud (virtus): la obligación de vivir, el deber de vivir".4

Es decir, la historicidad del hombre surge a partir del temor a la muerte, de ese impulso hacia la trascendencia del Ser; la historia juega como el intento de eternidad, eternidad que conlleva elementos mortales.

Pero, como bien señala Heidegger, no podemos experimentar directamente la muerte porque el estar ahí en la muerte se convierte, en ese instante, en el ya no estar ahí, así que no podemos dar explicaciones empíricas, a partir de uno mismo, sino que, es a través de la vivencia del otro, del asistir a la muerte del otro como facticidad del mismo, como accedemos a ella. “La muerte se desarrolla como una pérdida, pero más bien como una pérdida que experimentan los supervivientes. En el padecer la pérdida no se hace accesible la pérdida misma del ser que padece el que muere. No
experimentamos en su genuino sentido el morir de los otros, sino que a lo sumo nos limitamos a asistir a él".5

La muerte se desarrolla como una pérdida, una pérdida que sufren los que aún viven, empero, el Ser como temporalidad, como Ser para la muerte, tiene que encontrar en ella, su existencia como finitud; aceptar, ¡que como carne envejecemos y algún día dejaremos de respirar, encerrándonos en una caja de madera y cubriéndonos de tierra,
en la cual, los gusanos y bacterias se encargaran de descomponer nuestros órganos y de ellos el más importante: el cerebro! No conforme con ello, “estar muertos es ser presa de los vivos".6 ¡Ello también es mortificante!

Aunque eso no evita, al contrario, estimula, que “en el nivel más elemental, el organismo funcione activamente contra su propia fragilidad buscando extenderse y perpetuarse mediante las experiencias vitales en vez de encogerse, se desplaza para buscar la vida".7


 



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