Ana Cecilia Rivas Caicedo
Cand. Doctor en Ciencias. UNAM
Color, luz y esperanza son, entre otros, pensamientos positivos que llegan a nuestra mente al mencionar la palabra
vida. Todo lo contrario sucede regularmente al reflexionar sobre la muerte. Especulamos sobre ella, es oscura…
trágica. Tal vez por el sentimiento de pérdida que genera; o porque es el fin inexorable de los seres vivos, o por la
inevitable angustia de enfrentarse a lo desconocido.
Para los mexicanos muerte es una palabra de contrastes ya que liga los sentimientos de dolor con festividades,
altares y encuentros familiares; costumbres que tienen orígenes prehispánicos. ¿Qué pensarían ahora si les dijera
que la palabra muerte tampoco es del todo funesta a nivel celular? En efecto, ¡las células se ‘suicidan’ para
mantener funcionando el sistema para el cual trabajan! Esto lo hacen mediante un proceso que ocurre a diario
mientras caminamos, comemos, dormimos, bailamos etcétera. ¿Qué? ¿Cómo?
En un organismo pluricelular, las células son entidades individuales que trabajan en conjunto formando un equipo
que labora de manera ordenada. La perfección de esta ‘empresa’ está dada por la exquisita coordinación y sobre
todo cooperación de tales individuos al punto que, previendo el hecho de que ellas mismas se conviertan en agentes
causantes de daño, programan su muerte en un proceso denominado apoptosis. El número de neuronas durante el
desarrollo del sistema nervioso; la eliminación de linfocitos (células que forman parte del sistema inmune) que
pudieran ser capaces de reaccionar contra moléculas de nuestro propio organismo generando autoinmunidad, son
procesos regulados por apoptosis. Este es un mecanismo silencioso y perfecto por el cual las células se degradan y
se convierten en vesículas que pueden ser capturadas por células especializadas precisamente en la remoción de
células apoptóticas, sin generar así daños en el tejido: sin dejar rastro.
Por el contrario la necrosis (del griego Νεκρός, muerte), es otro tipo de muerte celular que sí genera daño. Esto se
debe a que, en dicho mecanismo, se producen compuestos que desencadenan una respuesta inflamatoria que causa
perjuicios en nuestro organismo. Este tipo de muerte se origina cuando en un tejido ha habido alguna agresión ya
sea por infección, falta de oxígeno o radiación, entre otras causas. Así, mientras las causas de muerte celular sean ‘a voluntad’ del organismo para mantener su homeostasis, ésta ocurre sin que hayan alteraciones; en cambio, si la
muerte es causada por algún tipo de agresión, las células se ven forzadas a morir por necrosis. En la apoptosis, las células captan señales ya sea intracelulares (que vienen de adentro de la misma célula) o
extracelulares (que vienen de células vecinas o del ambiente), que les indican que es momento de inducir su propia
muerte. Las señales que vienen de afuera pueden ser del medio en el que se encuentran o factores secretados por
otras células como una orden para que la célula receptora comience su proceso de muerte. De este modo mientras
los seres humanos nos preguntamos constantemente acerca del sentido de nuestra vida, hacia dónde vamos y por
qué lo hacemos, o realizamos actividades para sentirnos bien y para mejorar nuestra calidad de vida; en nuestro
interior la mayoría de las células sintetizan proteínas que en determinado momento causarán su propia destrucción.
Éstas son enzimas proteasas (las enzimas son un tipo de proteínas) que cortan o degradan a otras proteínas, lo cual
tiene el efecto de provocar cambios celulares. Las células que comienzan a inducir su muerte se hacen más
pequeñas, se separan de sus compañeras y sus membranas se ondulan, en su superficie aparecen burbujas, su
cromatina (conjunto de ADN y proteínas en el núcleo) se condensa y sus cromosomas se rompen y, por último, las
células se dividen en vesículas pequeñas denominadas cuerpos apoptóticos que contienen una especie de ‘letreros’
en su superficie que dicen: “es hora de comerme”; de esta manera, como se mencionó anteriormente, los cuerpos
apoptóticos son capturados y digeridos por células especializadas que pueden ser macrófagos y/o células
dendríticas. Estas células altamente fagocíticas (fago, del griego phag (o), comer; y cítica también del griego Kyto,
célula) actúan como ‘quitadesechos’ sin que sea ésta su única función dentro del organismo. No obstante, si algún
miembro del grupo del que forma parte una célula muere por apoptosis, este fallecimiento no se toma como una
pérdida sino como una oportunidad de renovación; de sustituir eficazmente aquello que hubiese impedido progreso
y que ahora deja espacio para aquellas células nuevas que a diario se producen mediante la división celular
denominada mitosis. Es decir, la muerte da oportunidad a vida nueva.
A pesar del riguroso ‘control de calidad’ del mecanismo de muerte celular, existen células que escapan a dichos
controles, esto conduce a que las células proliferen sin ninguna regulación, siendo el cáncer la principal y más
indeseable consecuencia. Los tumores, por ejemplo, son una masa de células producto de un conjunto de éstas que
han crecido, en número, de manera desmedida. La proliferación indiscriminada no se debe únicamente a
deficiencias a nivel de apoptosis, existen otros procesos que regulan cuándo una célula debe dividirse (de una
célula madre se obtienen dos células hijas) y la alteración de estos mecanismos de división celular son también
capaces de producir cáncer.
El ADN está constituido por las letras que forman las palabras que, a su vez, integrarán las frases que dictaminan
qué se hace o no en nuestro organismo. Los genes son una secuencia lineal de ADN que contiene información
como un libro de códigos. El lugar donde comienza y termina cada gen está determinado por un código que indica:“es hora de hacer un punto” o: “es hora de comenzar una palabra”. Así, en una sola célula hay millares de letras y,
por lo tanto, la posibilidad de que se presenten errores en la formación de las palabras y consecuentemente en el
resultado del sentido de las frases, es inminente. Aunque existen proteínas editoras que vigilan todo el tiempo que
la ‘redacción’ sea precisa y que son capaces de reparar tales errores, existen fallas (mutaciones) irreparables.
Entonces estas células son sentenciadas a morir por apoptosis ya que para las células es mejor morir que vivir con
defectos, pues éstos pueden afectar drásticamente y de manera negativa a sus compañeras y por lo tanto a todo el
organismo. Aquellas mutaciones, cuya consecuencia es conducir a la proliferación desenfrenada de células o a
desobedecer la orden de que es hora de morir por apoptosis, suelen ocurrir en genes estratégicos denominados
protooncogenes. Estos protooncogenes mutados reciben el nombre de oncogenes. La activación de un oncogén
conlleva a la generación de células malignas y al cáncer. Como comentaremos más adelante el sistema inmune se
encarga de defendernos contra todo aquello que pueda parecerle extraño. El problema es que, aunque contamos con
este ejército entrenado y bastante competente que nos escuda, el sistema inmune es, en la mayoría de los casos,
poco hábil para atacar células y proteínas cancerosas ya que las reconoce como propias y no como ajenas; de esta
manera, sumado a que los cánceres se rebelan y no inducen su muerte, las células tumorales, a pesar de que son
entidades defectuosas logran escapar del sistema inmune.