Mariflor Aguilar Rivero
Facultad de Filosofía y Letras, UNAM
Se ha dicho que la muerte, como lo real lacaniano, no es simbolizable. Nunca entendí esto bien, como tampoco lo
real lacaniano, que se explica con el joven Hegel y su hermosa especulación sobre la noche del mundo, o también
con el ejemplo de la locura, o como un momento de animalidad previo a la humanización. Son éstas situaciones
límite de un antes del principio o señalando el final, pero en cualquier caso no son absolutas, es decir, pueden ser
momentos de un proceso que deberá continuar por las leyes mismas de la naturaleza u otras, o momentos que
aunque no tengan la suerte dialéctica de un devenir trazado, pueden ser reversibles. Y la muerte…se dice, no lo es,
y siempre así dejo estar en mí esa creencia sin ocuparme de ella en especial. Pero el texto El grito del silencio2 me
hizo cambiar de idea.
En él, mediante la narración de un episodio de su tratamiento personal, Emilio Domenecq obliga a pensar que en el
contexto del psicoanálisis la muerte puede pensarse y vivirse de otra manera. Desde esta perspectiva surge la duda
de si la muerte puede ser algo diferente a lo simbolizable, y si incluso el ser para la muerte asumido por el Dasein
de Heidegger, no es otra cosa sino el lúcido registro de que aun negándola, la muerte es el eterno compañero del
juego, de ajedrez o de relevos, jugado individualmente en el decurso de la vida, o jugado como proyección a la
trascendencia, donde morir es jugar y jugamos a morir. Y puede preguntarse todavía más, si en una ontología
‘lenguajera’ -como dicen- cabe la muerte…
Volviendo al texto, se trata de la historia de un analizante -que en el libro se llama José María, aunque la crítica da
por hecho que se trata de una historia autobiográfica de Domenecq- quien tirado en el diván, en una sesión, entra
en terror después de un largo silencio del analista, al cual siguió su propio silencio. Después de un largo rato,
suficiente como para que el terror fuera insoportable, el pobre se atreve a decir: `pienso que usted se durmió´,
después de decir lo cual comienza una eterna espera, de uno o dos segundos, los más aterradores por él vividos, en
los que una respuesta o su ausencia, podía decidir el sentido o el sinsentido de varios años de la vida de José María
–si no es que de toda ella; constatar que en efecto el analista se había dormido, hubiera sido igual a la caída del
paciente en el pozo profundo. Después de ese instante aterrador, el analista responde: `eso sería igual a haberme
muerto…’. - No necesariamente, sólo se habría dormido-, dijo José María fingiendo con su aparente desinterés
tener pleno control de la situación, ocultando el terror del que empezaba a salir al constatar que el analista no se
había dormido, al mismo tiempo que el sentimiento de culpa que le despertó el tema propuesto de la muerte. “Me
hubiera muerto como analista”. Insistió el doctor.
El “paciente” quedó extrañado, como ocurre cuando los analistas hablan. Y ante tal afirmación también él se quedó
callado provocando el acostumbrado “Bueno, aquí dejamos”, frase que dicen para dar por concluida una sesión.
Con lo cual, José María se levanta y se despide.
Ya en casa, en la noche, le viene a la mente una imagen de un niño gritando con desesperación, implorando a
gritos, sin poder articular más palabra que un “¡no!” expresado como súplica de que cese la tragedia, alguna
tragedia: “¡no!, ¡no!, ¡no!”, gritaba el niño en la escena que le venía a la mente. Tal vez residuos de la televisión, de
la película de anoche o de los comerciales, que pretenden tener cierto dramatismo creativo, se explicaba. Pero la
imagen volvía y volvía, los días siguientes, a distintas horas y en cualquier lugar, en un alto del semáforo en el
coche, al irse a dormir, en la sala de espera del dentista, lo que comenzaba a causarle perplejidad pues por más
que trataba de darse algún tipo de explicación, caía en la cuenta de que no recordaba haber vivido algo semejante
en su vida. Imágenes diurnas que volvían, sí, desde luego, varias veces; imágenes de los sueños que regresaban, también; pero algo así, que volvía y volvía sin saber de dónde, no recordaba que le hubiera ocurrido. Sin muchas
ganas y con un poco de miedo pensaba que algo se aclararía en el siguiente encuentro con el mudo, el que por fin
llegó y en el que por supuesto narra lo fantaseado, alucinado, o lo que sea, y al hacerlo van apareciendo recuerdos o
asociaciones de la supuesta muerte de su padre anunciada a la madre cuando él (José María) tenía ocho años, por
los representantes de la línea aérea en la que el padre había salido de viaje la noche anterior. La madre contestaba
las llamadas telefónicas a la vez que hacía más llamadas para informar a otros; no a los hijos, desde luego, todos
menores de edad, sino a parientes y amigos; informaba con actitud ejecutiva, ordenada y eficiente, como era ella,
seguramente controlando toda emoción, pero control que significaba al niño lo mismo que ninguna emoción.
Ahí, en el diván, José María construía/reconstruía escenas y momentos cuando desde el segundo piso de su casa
espiaba ocultándose, y veía entrar a tíos, oía llamadas telefónicas, y él en silencio, sin poder decir nada, porque en
principio no debía decir nada, porque de nada estaba realmente enterado sino estaba sólo envuelto por emociones y
sentimientos paralizados que se mezclaban con un pequeño barullo de parientes que entraban y salían de casa
hablando en voz baja mientras la madre iba transmitiendo con toda precisión lo que oía por el teléfono. No podía,
no debía decir nada, pero sobre todo no tenía nada qué decir, ni qué sentir, porque en ese momento de la eficiencia
ejecutiva de la madre, no sabía, y no podía saber porque nunca había sabido, que se podía llorar la muerte del
padre, que podía haber un sentimiento de tristeza por la presunta muerte del padre, o por su ausencia.
La emotividad cero del entorno frente a una muerte anunciada no sólo se traducía en silencio impotente sino
también simultáneamente se construía minuto a minuto un sepulcro para el padre ya-muerto-que-iba-muriendo,
doblemente, triplemente muerto, en el accidente aéreo y por el tiro de gracia de la inexpresividad de la madre, del
entorno, que subraya la lejanía.