Rodrigo Páez Montalbán
Facultad de Filosofía y Letras, UNAM
Desde mis ojos insomnes
mi muerte me está acechando,
me acecha, sí, me enamora
con su ojo lánguido.
¡Anda, putilla del rubor helado,
anda, vámonos al diablo!
Nada mejor que la palabra del poeta para iniciar estas reflexiones. Se trata en efecto del párrafo final del largo
poema Muerte sin fin, de José Gorostiza. Y es que, cuando se trata de la muerte, sólo queda la voz del poeta
para medio entender y medio expresar lo inexpresable.
En febrero pasado, cuando llegaba a impartir la primera clase en el curso de Historia y Psicoanálisis, me enteré
de la muerte de Frederik Hildel (posteriormente supe que su nombre de batalla era Fritz…). Sentí un profundo
dolor, tanto que tuve que suprimir esa primera sesión de trabajo con los compañeros suyos del semestre
anterior, para retirarme e iniciar la “elaboración del duelo”.
Ahora, quiero compartir algunas consideraciones sobre la muerte y sobre Fritz, con el ánimo de expresar
mis sentimientos y de sentirme acompañado ante el vacío que produce la muerte.
La muerte es lo “esencialmente” incomprensible. No hay forma de superar ese azoro del niño pequeño cuando
contempla, entre sus manos, al pajarito muerto que hasta ayer brincaba, cantaba y comía en su jaula. No se
mueve y hay que enterrarlo pronto. Así será en lo sucesivo, sin progreso posible, no habrá discurso lógico,
construcción epistemológica o aporte teórico que añada nada substancial a esta experiencia primera. Sólo, sí,
ilusiones y promesas, las mismas desde los relatos mitológicos hasta las promesas de las religiones “del libro”.
Tal vez, la dificultad de “comprender” la muerte sea una suerte de incapacidad fundamental para elucidar, en
tanto intentamos pensar lo que hacemos y saber lo que pensamos. En este campo, no hay referencia posible al
inconsciente…Como si del lado de lo imaginario (como forma de aprehender “la realidad”) que siempre va
unido al de lo simbólico (puesto que todo está atravesado por el lenguaje) surgiera un imposible para abarcar la
muerte. Ese Real último, sería lo absolutamente incapaz de ser imaginado, además de imposible de ser
simbolizado, como el deseo, como la imposible “relación sexual” y, en definitiva, como el amor. Una especie
de punto ciego, de cero absoluto, de…
En algunos de sus trabajos escolares, los cuales conservo, Fritz atisbaba alguna de estas cosas. Escribía que “la
consideración de lo inconsciente, como una dimensión fundamental de lo humano…sobrepasa con mucho la
ingenuidad de la racionalidad como sustento único de las acciones humanas”. También, que “hay un punto en
que el sujeto es incapaz de organizar de una forma inteligible los distintos ‘impulsos’ de los que está formada
su psique”. La psique sería ese gran contenedor “anclado entre dos realidades que parecen
irreconciliables…una dimensión extrasubjetiva…inaccesible al sujeto…y una posición que le permitiría ser un
objeto de conocimiento científico”.
El tiempo no le permitió proseguir estas reflexiones y la muerte segó lo que prometía ser una promesa de
reflexión abundante y de construcciones heurísticas. “Si el grano de trigo que cae en la tierra no muere, dice el
Evangelio, no produce fruto”. La muerte de Fritz nos ayuda a caminar por la vida.
En diciembre de 2007 vi por última vez a mi amigo Frederik. Estaba solo, apoyado en una columna, a la
entrada de la Facultad. Lo saludé y, en broma, le pregunté por qué estaba tan serio. Me contestó que no estaba
serio. Le di una palmadita en el hombro y me retiré. Qué asombrosas suelen ser las despedidas, tan asombrosas
y raras como los encuentros. La mirada que me dirigió entonces me ha quedado presente; creo que me
acompañará el resto de mi vida.
Quedan los recuerdos, la manera sorprendente en que se producen los vericuetos de la memoria, que conserva,
guarda, transforma y modifica lo vivido. Se trata de una presencia fundamental, función inmaterial tan
curiosamente plagada de sonidos, de luces, de colores, que acompañan los gestos y las miradas.
De esta manera, Fritz seguirá siempre vivo. Quienes lo conocimos permanecemos ligados, unidos y, mientras
persista ese recuerdo, vibraremos al unísono con las imágenes y palabras que lo evoquen y lo actualicen. “Tantas cosas han muerto, que no hay más que el poeta”, dice una vieja canción… Escuchemos entonces al gran
Sabines:
Morir es retirarse, hacerse a un lado
ocultarse un momento, estarse quieto,
pasar el aire de una orilla a nado
y estar en todas partes, en secreto.
Morir es olvidar, ser olvidado,
refugiarse desnudo en el discreto
calor de Dios, y en su cerrado
puño, crecer igual que un feto.
Morir es encenderse bocabajo
hacia el humo y el hueso y la caliza
y hacerse tierra y tierra con trabajo.
Apagarse es morir, lento y aprisa
tomar la eternidad como a destajo
y repartir el alma en la ceniza…