LA MUERTE Y EL CULTO A LOS MUERTOS

                                                      Julio Glockner
Benemérita Universidad Autónoma de Puebla
 

Tal vez una de las nociones más antiguas del pensamiento humano sea la que relaciona la religión con la muerte. La idea de uno o varios dioses gobernando el mundo de los hombres existirá mientras exista el misterio de la muerte. ¿De dónde venimos cuando empezamos a vivir y adónde vamos al morir? Estas dos interrogantes han sido y serán el sustento del pensamiento religioso en todas las culturas de todas las épocas.

Una de las sepulturas más antiguas que se conocen es la de un Neandertal que fue hallado, encorvado, en una cavidad en el suelo con una pierna de bisonte junto a él, lo que ha sido interpretado como la dotación de alimento para el viaje de su espíritu al más allá. El Hombre de Neandertal habitó los territorios ubicados al sur de los grandes glaciares durante 160 mil años. Apareció hace aproximadamente 200 mil años y sobrevivió hasta 40 mil años antes de Cristo. La capacidad cerebral del Neandertal es de 1,600 centímetros cúbicos, volumen que lo hace semejante a un Homo sapiens. Joseph Campbell- considera que en un cerebro de esta capacidad (mayor al promedio actual) se produjo una transformación de la conciencia que dio lugar a los primeros signos infalibles de un pensamiento mitológico que se manifiesta en las sepulturas. En una tumba de hace 60 mil años ubicada en el Monte Carmelo, en lo que hoy es Israel, se encontró la mandíbula de un oso. Este hecho revela una ofrenda sacrificial asociada evidentemente con el entierro. "Este personaje era nuestro amigo -dice Campbell caminaba, hablaba, corría sangre caliente por sus venas. Y ahora queda tendido, algo ha partido de él, está frío, tieso, y después empieza a descomponerse. ¿Qué es lo que lo ha abandonado? Lo que experimentamos aquí es la idea de que esa cosa que lo ha abandonado sigue viva".

Del mismo periodo son los restos encontrados en la cueva de Shanidar, en Irak. Se trata de un hombre que fue enterrado entre plantas y flores. El análisis del polen reveló que se trata de plantas medicinales de la región, por lo que es muy probable que se tratara de un chamán. Debajo de él estaban los huesos de dos mujeres y un niño, lo que sugiere la idea de un entierro con inmolación de viudas y familia.1

Los restos de homo sapiens hallados en cavernas demuestran que hace unos veinte mil años, gente de nuestra misma especie sepultaba a sus muertos en la cueva que utilizaban como vivienda.2 Con frecuencia había provisiones de comida y bebida para el difunto. El cadáver permanecía a la vista hasta que la carne pudiera desprenderse de los huesos, los cuales eran entonces separados y pintados con ocre rojo para ser sepultados cuidadosamente y en orden. Según Edgar Morin "Todo nos indica que la conciencia de la muerte que emerge en el homo sapiens está constituida por la interacción de una conciencia objetiva que reconoce la mortalidad y de una conciencia subjetiva que afirma, si no la inmortalidad, al menos una trasnmortalidad".3

Desde estos remotos tiempos hasta los funerales actuales, los humanos hemos confrontado las más diversas formas de tratamiento mortuorio y una gran variedad de cultos a la muerte y a los antepasados.

Para hablar del culto a los muertos es indispensable referirnos a la muerte misma, pero no a la muerte como algo abstracto, como si tan sólo fuera una imagen o una idea, sino a la muerte como un acto, como un hecho contundente que nos toca. En este sentido debemos pensar no sólo en la muerte de los demás, sino también en la ineludible realidad de nuestra propia muerte, en la muerte de cada uno de nosotros, pues si de algo podemos estar absolutamente seguros es de que algún día vamos a morir.

Con la conciencia de mi propia muerte puedo despejar un espacio desde donde poder reflexionar sobre la importancia que tiene el culto a los muertos en diferentes culturas. Sólo teniendo presente la muerte de los demás y mi propia muerte puedo ir un poco más allá de la banal consideración del culto a los muertos como una tradición folklórica y estar en mejor disposición para comprender lo que significa este ritual.

Esta sugerencia puede parecer extraña en una sociedad que nos ha acostumbrado a desplazar el hecho de la muerte de nuestras propias vidas, en una cultura que nos ha habituado a vivir como si nunca fuésemos a morir. Sin embargo, esto es sólo una característica de la moderna cultura Occidental y no sucede lo mismo en las sociedades tradicionales, donde la muerte y los muertos están integrados de otro modo a la vida cotidiana de la gente.

En nuestro país esta otra situación se manifiesta en varios detalles sin importancia aparente, como el hecho de que los panteones sean espacios abiertos al interior de la comunidad, lugares por donde transita la gente, los animales o hasta los autos, como sucede en el panteón de Cuetzalan, en la Sierra Norte de Puebla. Se manifiesta también en el hecho de que la gente, al morir, es amortajada y velada en su propia casa, entre sus familiares y amigos, generalmente con la colaboración material por parte de su comunidad, que comprende desde la cooperación en dinero, en especie o en trabajo, hasta el acto mismo de cavar la fosa, participar en el novenario y en las comidas y bebidas rituales. En los pueblos existen también infinidad de mitos, leyendas y creencias, que nos hablan de almas en pena, de muertos y aparecidos. Estas ideas y experiencias nos revelan la constante presencia de los muertos, la importancia decisiva que tienen en su cultura.

Todo esto no sucede en el moderno ámbito urbano, donde se ha producido una ruptura cultural entre los vivos y los muertos, ruptura que empieza a distinguirse ya desde antes de la muerte, en el distanciamiento cada vez más grande que existe entre los vivos y el moribundo. En las ciudades modernas existe la mediación de los especialistas en la relación con el moribundo y el muerto, todo vínculo con ellos está mediado por enfermeras, camilleros, médicos, confesores, afanadoras, sacerdotes, tanatólogos, agentes funerarios, panteoneros y enterradores. Es decir, toda muerte biológica implica una forma cultural de morir.

 



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