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MEDITACIÓN SOBRE LA MUERTE: LA PALABRA IMPOSIBLE Alberto Constante And death shall have no dominion. Vendrá la muerte y tendrá tus ojos
A mi hijo Santiago ¿De dónde nos viene la piedad por los muertos? ¿Acaso por su ser muertos nos empuja a la piedad? A esa suerte de conmiseración envuelta en ofrendas y peticiones hacia los dioses, de oraciones y de sacrificios que se exaltan casi sin palabras, no por ellos sino por nosotros que nos vemos en ellos y ellos nos hablan de esa muerte imposible que es la muerte propia. ¿Por qué surge la piedad de inmediato cuando el muerto ha quedado solo de sí mismo? Píetas, pietatis; píus, pía, píum; pío, piare, piavi, piatum, piedad, pío2. Cuando ahondamos en espesura del significado es preciso que transcurramos en el verbo que posiblemente rige desde el fondo todo el campo léxico: Piare y cuya traducción es “expiar”, es decir desagraviar. Ante el muerto nos mueve el desagravio de la muerte misma, de lo que ella acarrea: el olvido inexorable, el acabamiento total, la finitud dolorosa. Quizá por ello nos acercamos al muerto con palabras como queriendo cerrar ese hueco enorme que nos deja el inadmisible acto del morir. ¿Por qué surge en nosotros ese sentimiento que atraviesa la historia y “lo otro” hace acto de presencia en esa forma que nos agota por inexplicable con el manto de lo “sagrado”? Enigmático y hermético, como la muerte misma, “lo otro” lo experimentamos en “el otro” que sólo es su fantasma, el espectro de todo lo que nos deja en su silencio terco y duro y que experimentamos como “resistencia”, como “contravoluntad”, como aquello que no es reductible al sujeto, como lo siempre distinto a él. ¿De dónde nos viene y nos queda la congoja por lo muerto del muerto, por su ser muerto, por eso que ahora se cierra y deja truncos todos los instantes que no volverán a ser instantes “con” el otro sino ahora siempre “sin” el otro? ¿De dónde nos viene esa sensación de falta, de estruendo por el lenguaje imposible que se suma a nuestro cuerpo? ¿Nos ayuda a comprender este acto, el último cuando se nos ha dicho que “morir (sterben) significa: soportar la muerte en el propio ser”? “Poder morir significa: ser capaz de ese soportar. Y nosotros sólo somos capaces de ello, si nuestro ser acepta el ser de la muerte… Por todas partes la inmensa miseria de innumerables, atroces muertes no muertas (ungestorbener Tode) y, sin embargo, la esencia de la muerte le está vedada al hombre”3. ¿Qué es entonces lo que vivimos con la muerte del otro si la esencia de la muerte nos está vedada? Nunca estamos ante la muerte sino frente al morir. Y sólo por un desliz del lenguaje hablamos de la muerte. Quizá sea cierto que la esencia de la muerte nos esté vedada, pero ese torbellino que se desata con el morir del otro es lo que estremece. Porque con la muerte se abre la negatividad, la cesura, el corte, la incisión, el tajo, la llaga que emponzoña el cuerpo y nos muestra el sentido de la ausencia ¿Ausencia de qué? La ausencia de nosotros mismos, no del otro que se ha muerto sino de eso que se fue de nosotros en el otro, la muerte de cada uno de sí en el otro, de un “pequeño trozo de sí4. “Sólo una semejante pérdida a secas, sólo un acto semejante, logra dejar al muerto, a la muerta, en su muerte, en la muerte”5. Ante la muerte del otro sólo podemos exclamar: "¿Por qué a mí?" con lo que mostramos nuestra total tribulación y el sinsentido del suceder de los hechos o la “mendicidad” con la que María Zambrano nos conducía a nuestra más elemental fragilidad. Cuando estamos abatidos por el dolor esta pregunta nos muestra la innecesariedad del dolor en nuestra existencia. La muerte del otro limita nuestras expectativas futuras o las suprime dolorosamente. Reduce nuestra capacidad de obrar y, en situaciones extremas, se impone con tal fuerza que nos oprime el corazón y nos produce una feroz cerrazón en la garganta.
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