UN MINUTO DE SILENCIO

  Daniela Mussali, Alejandro Mancilla
Facultad de Filosofía y Letras, UNAM

En el silencio sólo se escucha lo esencial.
Camille Berguis

¿Cómo sigue tu abuelita? Te puedo preguntar eso, o mejor te puedo preguntar qué es la muerte. Me puedes responder que es el fin de la vida como si respondieras que <sigue bien, con sus achaques, ya sabes cómo son los viejitos>. Entonces nos pondríamos a hablar del clima o del tráfico, tan naturales como las hipocondrias de tu abuelita, tan naturales como la muerte.

Te puedo preguntar cómo estás, cómo va la vida; me puedes responder que va bien, <ya sabes cómo es la vida, no es fácil, tengo muchas cosas que hacer, problemas, no he dormido bien... Ecuaciones que no me salen, personas que no llegan, tú entiendes… cosas por el estilo que resultan un poco incómodas>. Entonces, te pregunto que por qué tienes tantos problemas y si te importaría morirte, se me ocurre que tal vez te consideres muy ocupado en tus asuntos como para morirte. Entonces me respondes que ese es justo el problema: que no estás muerto. ¡Vaya respuesta! Suena absurdo pero puede que tengas razón.

Qué me importa entenderte, qué me importa cómo sigue tu abuelita o que hayas intentado hacer esa ecuación dieciocho veces. Me tiene sin cuidado si piensas que hay mucho tráfico o si llevas dos días sin dormir por trabajar o porque piensas puras estupideces que no te dejan pegar ojo.

¿Qué importa? Nada, nada, no importa nada. Tengamos una conversación de nadas, de abuelos hipocondríacos, de camiones que no llegan a ningún lugar, de canciones que siempre olvidamos… Tengamos una plática sincera, aburrida, chistosa o mejor cuéntame un chiste o lo que leíste en el periódico. Anda, háblame de tu color favorito o de porque no te gusta la pasta de dientes sabor a naranja. Mírame la cara, no los ojos, piensa que nunca habías notado el lunar junto a mi boca. Quítame la pestaña que se ha metido en el ojo, tómala entre los dedos y dime que pida un deseo. Voy a pedir un deseo. ¿Qué deseo? Deseo que me des un beso, no no, mejor no, deseo que te quedes conmigo siempre, que revivan los muertos, que nunca te mueras... No me dio tiempo, sólo es un juego, no me preocupo en saber qué es lo que deseo, te diré que ya lo sé y elijo que la pestaña se quedará en el dedo de arriba; se quedó abajo ¡Qué lástima! Bueno no importa, sólo es un juego. ¡Qué bueno que sólo es un juego!

Cantemos una canción, me voy a acostar en el pasto aunque sepa que me va a dar comezón en los brazos. Empiezas a tararear, me gusta esa canción y pienso que es una lástima no saber la letra porque tengo que susurrar en vez de cantar en voz alta, con la boca bien abierta hacia el cielo. Se hace tarde, el sol se nos escapa de los hombros y me empieza a dar frío. Gracias por ofrecerme tu chamarra pero tengo una mejor idea, movámonos hacia el trozo de pasto de allá, junto al arbolito pequeño, junto a la caca de perro, allá el sol sigue vigente. Sí, persigamos la luz amarilla, el calor único del sol, pero no dejes de cantar, me gusta esa canción.

¿Qué bien la hemos pasado, no crees? Lindo cielo, clima amable, las cosas parecen ir tan bien. Empiezas a hablar del tiempo, tu boca se mueve rápido, casi no titubeas, a veces hablas más bajito y acercas tu cara a la mía cómo para que te entienda mejor. No tengo idea de quién eres pero me hablas y hablas sobre tus teorías. Dices algo sobre la existencia, sobre la historia, sobre el pasado, sobre el futuro, sobre la rancherosidad de no sé qué camarones rancheros... La verdad es que me divierte escucharte hablar sobre la belleza o lo rara que es esa película, sobre la libertad o lo que son las cosas. Pero sobre todo me gusta escucharte hablar sobre tus sueños y sobre tus ganas de envejecer y saber esas cosas que sólo saben los abuelos. Me gusta ver en tus ojos y en tus aspavientos las ganas de vivir que tienes, aunque hables de lo complicadas que son las cosas, de lo triste que son las cosas, de la pérdida, del dolor, dolor, dolor. A veces te duelen los labios de tanto hablar del dolor y se te enrojecen los ojos cuando hablas del pasado, de la pérdida injusta de un hermano. ¿Es injusto? De lo increíble que era, de lo mucho que lo amas y hablas de él como si lo hubieras aprendido de memoria. Te aferras a la vida como un árbol de profundas raíces que llegarán al centro de la tierra.

¿Cómo has estado? Ya me habías dicho <que bien gracias> cuando nos saludamos ¿Te acuerdas? No, no te acuerdas; pero ahora si te lo pregunto en serio, quiero saber cómo estas: ¿bien?, ¿mal?, ¿cansado?, ¿no sabes? Te remites a hacer una mueca peculiar: comisuras hacia abajo, ojos entrecerrados, cejas de conformismo, movimiento trepidatorio de la cabeza para asentir, dices después: Bien o, bueno, normal… ahí la llevo.

Sopla el viento, está frío pero no tan frío, se nos pone la carne de gallina y te digo que siempre he querido ponerme a contar cada uno de los puntitos que se dibujan en la piel. Te ríes y me dices que estoy loca. Entre la risa de lo absurdo y la simpleza de la carcajada fácil nos miramos a los ojos. Te miro, me miras, nos miramos. El sol te pega en la cara y los ojos se te ven más claros, se ven bonitos. No sé qué ojo mirar, izquierdo, derecho, decido alternarlos hasta lograr que alguna de mis pupilas coincida con alguna de las tuyas. Y ahí estás, la carcajada baja de volumen, relajas la quijada y dejas una sonrisa desnuda. Pasas saliva y alzas las cejas cómo para que deje de mirarte así. Pero no quiero, lo único que quiero en ese momento es que sostengas tus ojos en los míos para poder preguntarte si estás listo para morir... ¿Recuerdas?

Pasas saliva amarga. Que si estás listo para morir, para morirte ahora o cuando llegues a tu casa esta tarde para comer un poco de arroz blanco con zanahorias. Parece que me miras pero lo que miras es tu cabeza dando vueltas, te detienes y me dices muy seguro que no estás listo. Te acaricias la cara y confundes los dedos con la barba. Dices que no quieres morir ahora, que te faltan cosas por vivir, que quieres envejecer con la mujer de tu vida y lograr que tu nombre se quede en el registro memorable de nombres trascendentes. Que lo mejor de tu vida seguramente aún no sucede. Entonces, ¿qué esperas? Te pregunto en silencio y tú no me oyes.

 



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