RECUERDO MI MUERTE

           Diego Carlo Améndolla Spínola
Facultad de Filosofía y Letras, UNAM

 

Debo decir que en un principio esta colaboración giraría en torno a El año mil, texto escrito por Georges Duby hacia 1967. Después de escribir algunas líneas tomé la decisión de cambiar el enfoque de este artículo y dirigirlo hacia el miedo a la muerte.

La vida como cronotopo presupone un fin que, desde el punto de vista de los agnósticos, es total y único, es la muerte como tal, el dejar de ser, el convertirse en memoria. No hay siguientes pasos, no hay nada que esperar, no hay mundos mejores y la eternidad es solamente una utopía. Desde este punto de vista la muerte se convierte en miedo, en temor a dejar de sentir, de estar, de realizar todo aquello sobre lo que, supuestamente, nos hace felices. En contraparte encontramos la visión católica, la cual nos plantea permanencia y continuidad. Más allá del cuerpo somos alma y esencia, y tenemos en nuestras acciones el poder de “decidir” si queremos ser parte de ese paraíso donde todo lo hay y todo es posible o alinearnos con los pecadores y permanecer en el submundo. Aún así la muerte se convierte en temor, en miedo permanente, en un falso libre albedrío que presupone que las acciones del ser humano son maniqueístas. Como podemos ver en ambos casos, la muerte decanta en miedo y éste, como toda pasión, lleva a acciones que buscarán la salvación aunque no sea entendida a partir de las premisas establecidas por la Iglesia católica.

De esta manera la muerte va más allá de lo fisiológico. En muchas ocasiones podemos observarla como una carrera contrarreloj en la que tenemos un tiempo límite para realizar, producir, sentir y conocer.

¿Es posible asumir que la muerte de un sujeto no cambia nada? ¿Qué pasa con la muerte propia? ¿Es posible asumir que nuestra muerte no cambiará nada? Ambas preguntas decantan en el temor, el miedo a no realizar ninguna acción que nos lleve a ser alguien en la memoria del otro. Posiblemente en los círculos más cercanos al sujeto, su muerte produzca tristezas, vacíos y exacerbación de los recuerdos; aunado a esto, miedo a la muerte propia. En contraparte la muerte de un sujeto puede ser un hecho estático, un número más en el ranking de nacimientos y muertes anuales, algo cotidiano que sucede a diario. Así, el sujeto pierde rostro, nombre y se convierte en un muerto más que únicamente recordará al otro, al extraño, su miedo a la muerte.

La muerte como suceso inevitable, puede ser creadora de héroes y villanos, de apologías; pareciera ser que es mayor el temor a no ser recordado que el miedo a la muerte misma. Así, la muerte tiene mayor peso como hecho cultural y social, como parte del ideal colectivo. A final de cuentas la muerte nos recuerda la vida y su caducidad.

 

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