En el remake de
"Ultimo tango a Parigi" en lugar de mantequilla se usará "I Can't Believe It's Not Butter"


profetica

1938 es también el año en que Albert Hofmann sintetizó por primera vez el LSD—, aunque no fue Schultes quien presenció por completo la compleja y profunda cosmovisión que aquél encerraba entre los indígenas mazatecos. Irmgard Weitlaner, hija del ya aludido Robert, y su esposo Jean Bassett serían los primeros en asistir a una velada cantada por un sabio mazateco, aunque ninguno de los dos probaría el sacramento mazateco. A pesar de que este primer encuentro entre los foráneos y el culto sagrado no habría de producir los mismos efectos que produjo el de 1957 –el encuentro mediático—, es indiscutiblemente su antecedente más importante. Poco tiempo después, Schultes abandonó el trabajo en México; el gobierno norteamericano lo habría encomendado a realizar un trabajo de investigación sobre la obtención de caucho en el Amazonas. El resumen de este breve y significativo encuentro fue un artículo publicado por Schultes en los Botanical Museum Leaflets de la Universidad de Harvard titulado “Plantae mexicana II. The identification of teonanacatl a narcotic Basidiomycete of the Aztecs”. El texto obtendría la atención necesaria; varios artículos serían publicados a la postre, uno de estos terminaría en manos del poeta Robert Graves: es aquí en donde comienza de verdad nuestra historia.

 

Como se sabe, fue Robert Graves quien informó a R. Gordon Wasson sobre la existencia del Ndi-xi-tjo . Los dos se conocían de tiempo atrás, Graves había colaborado con Wasson en sus célebres investigaciones etnomicológicas, de tal forma que la información llegó rápidamente a manos del célebre banquero neoyorquino. Nada podría haber entusiasmado más a Wasson: un culto milenario, cuyo centro giraba en torno al consumo de un hongo psicoactivo, persistía en los confines de las montañas de Oaxaca, sin duda esta era la oportunidad que había estado esperando.

 

Gordon Wasson llegó por primera vez a Huautla en el verano de 1953, desde ese año y hasta 1962 visitaría cada verano la región. Probó por primera vez los poderosos efectos de los hongos una noche de junio de 1955 en casa de Cayetano García, en la célebre velada en la que habría de conocer a la sabia mazateca María Sabina.

 

“La noche que por primera vez hice una velada ante los extranjeros no pensé que algo malo fuera a suceder, pues la orden de atender a los rubios venía directamente del síndico Cayetano García, amigo mío.”, recordaría años más tarde María Sabina, al contarle a Álvaro Estrada su vida. A partir de este momento la vida de esta famosa mujer, por no decir de su comunidad completa, quedaría alterada irremediablemente. La sabia mazateca, nacida en 1894, poco podía anticipar las consecuencias que habría de desatar este encuentro.

 

Wasson, por su parte, quedó completamente anonadado con lo que acababa de experimentar. Ni tardo ni perezoso, trasladó en varias ocasiones a todo un equipo de investigación para registrar con minuciosidad ciertos aspectos básicos sobre el consumo del hongo entre los mazatecos. Igualmente, se preocupó por tratar de conocer cuál era el principio activo del hongo sagrado; con tal propósito llevo consigo a Roger Heim, del Museo de Historia Natural de París para que lo ayudara con la labor taxonómica y farmacológica. El resultado de este encuentro es quizás su trabajo más importante; coescrito junto con Heim, Les champignons hallucinògenes du Mexique , fue editado por el Museo de Historia Natural de Francia en el año de 1958.

 

Un año antes, no obstante, escribiría el artículo que convertiría a Huautla en el epicentro del turismo psicodélico de los venideros sesenta –de los cientos de jóvenes, gringos y mexicanos, que llegarían a las montañas oaxaqueñas a ejercer ese “escapismo moral” del que amargamente se quejaría la prensa mexicana, siempre tan susceptible a la heterodoxia.

 

El artículo fue publicado en la revista norteamericana Time , en su edición correspondiente al 13 de mayo de 1957. Titulado “Seeking the magic mushroom” era una interesante crónica, muy bien escrita y nada superficial, sobre la persistencia del culto al “pequeño que brota”. Venía acompañada por un par de fotografías de la velada, las imágenes habían sido capturadas por Allan Richardson, su fotógrafo de cabecera, quien habría de probar también la fuerte experiencia del enteógeno mazateco a pesar de habarle prometido a su esposa que no permitiría que “ninguna de esas setas venenosas pasaría de sus labios”.

 

La crónica tenía ciertas particularidades, al parecer Wasson quería mantener en el anonimato –paradoja inevitable, si pensamos en el resultado final— la identidad de las personas con las que había compartido velada, de tal forma cambio deliberadamente los nombres de las personas y del lugar en el que había estado. De tal forma, decidió llamar “Eva Méndez” a María Sabina, también se había inventado que el nombre de la etnia, cuyo culto registraba detalladamente, no estaba integrada por mazatecos sino por unos indios imaginarios a los que les puso el nombre de “mixetecos”.

 

 

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