En el remake de
"Ultimo tango a Parigi" en lugar de mantequilla se usará "I Can't Believe It's Not Butter"


profetica

HUAUTLA. SUBIR A LAS MONTAÑAS, CONOCER A DIOS


Fritz Hildel Buendía
Colegio de Historia, Facultad de Filosofía y Letras, UNAM

 

Para R., con harta gratitud

 

Cuentan que hace unos cincuenta años, para recorrer los 82 kilómetros que separan a Huautla de Teotitlán del Camino, por esa accidentada brecha que le fue dibujada en el costado a la sierra mazateca, eran necesarias 13 horas, un par más si el ascenso se hacía en época de lluvias. Más abajo, al otro lado, los habitantes de la mazateca baja vivían su propio éxodo particular. En 1955 el gobierno mexicano había hundido bajo el agua, para construir una presa hidroeléctrica, las tierras que antes habían ocupado unas 20,000 personas. Desplazados por un proyecto que evidentemente no habría de favorecerlos, muchos subieron a la sierra una vez que los embates de una modernidad excluyente –presagio funesto o sortilegio insalvable, la presa fue nombrada “Miguel Alemán”— terminaron por alcanzarlos. Es allá arriba donde transcurre nuestra historia.

 

Antes de la década de los sesenta los únicos fuereños que subían a Huautla eran agentes comerciales de Puebla o Tehuacán, médicos y uno que otro ser extraño que llegaba con propósitos “científicos”; antropólogos y lingüistas se hacían llamar, unos provenían de la ciudad de México, otros contaban con una procedencia aún más singular. La gran mayoría se acoplaba a la comunidad, trabajaba y vivía con los mazatecos en su cotidianidad, casi todos venían, no hay que olvidarlo, a tomar notas sobre sus costumbres y su vida. Había, sin embargo, otros que contaban con propósitos ligeramente distintos. Norteamericanos –tal vez los primeros güeros que subieron por la brecha—, protestantes y lingüistas, llegaron para aprender el mazateco, estudiarlo y, dicho sea de paso, convertir a los naturales –una vez más— a la verdadera fe.

 

Formaban parte del Instituto Lingüístico de Verano y desde de la década de los cuarenta llegaron regularmente a Huautla para conocer la lengua local y así poder realizar una traducción de la Biblia al mazateco. Florence y George Cowan así como Eunice V. Pike son los tres más famosos; no sólo por la impresionante investigación lingüística que realizaron, sino también porque fueron probablemente los primeros en darse cuenta de las implicaciones que el Ndi-xi-tjo (“pequeño que brota” uno de los nombres con que los mazatecos llaman a su hongo sagrado) provocaba sobre ciertos conceptos básicos, en particular sobre algunos aspectos esenciales de la doctrina cristiana; “la ingestión del hongo divino plantea serios problemas al concepto cristiano de la cena del Señor”, escribieron con agudeza Eunice V. Pike y George Cowan en 1959.

 

Fueron personajes vinculados con estos grupos quienes habrían de “dar a conocer al mundo” los milenarios secretos que perduraban en las tierras mazatecas.

 

1938 fue el año en que subió Richard Evans Schultes; célebre etnobotánico y pilar de la investigación etnofarmacológica, en aquellos días era un estudiante de posgrado de la Universidad de Harvard interesado en develar los misteriosos secretos del teonanácatl . Se había enterado, gracias a Blas Pablo Reko y Robert Weitlaner antropólogos austriacos avecindados en México, de la persistencia del culto precolombino a un hongo sagrado. Cientos de años de desinterés e ignorancia por parte del mundo occidental habían terminado por poner en tela de juicio la existencia milenaria de uno de los enteógenos más importantes de la tradición mesoamericana. No fue sino hasta ese año que el mundo occidental “descubrió” cabalmente la existencia del hongo milenario –¿simple casualidad?,

 

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